Apariencia: se nota a la legua que Aldrich no proviene de Transilvania, no sólo por su fuerte acento sajón sino por su pelo rubio-rojizo, su piel sonrosada y sus ojos azul celeste. Es un hombre en la plenitud de la vida (no-vida), que viste ropas de buen corte (aunque un tanto viejas y desgastadas) y que resulta atractivo para muchas mujeres, con una mirada chispeante y una expresión pícara en los momentos en que está relajado.
Clan: Ventrue.
Personalidad: Aldrich se comporta con la seguridad y el aplomo de alguien que se ha criado entre las clases altas, pero no manifiesta la arrogancia típica de los nobles húngaros. Por el contrario, se muestra desenfadado, alegre y con ganas de disfrutar la vida (no-vida). De alguna forma se las apaña para que su fuerte y pesado acento alemán se convierta en algo exótico que le aporta encanto; tiene un carisma natural que ejerce de forma desinhibida, y está bien experimentado en los lances del amor cortés (y no tan cortés). Negociando es rápido, franco y directo, y suele conseguir que sus socios en el comercio sientan que están ganando mucho por asociarse con él. Aunque a veces su fachada se tambalea y quienes le conocen bien llegan a ver la persona manipuladora y competitiva que se oculta bajo la apariencia desenfadada que proyecta.
Papel en la Cuadrilla: Aldrich lleva en Buda-Pest pocos años, pero en este tiempo se ha preocupado por establecer contactos y posibles aliados. Como a todo hijo de vecino le gustan las mujeres hermosas, por lo que disfruta pasando tiempo con Sounya y Dana. También se ha aliado con Valrek, bajo la premisa de que para un mercader que se está intentando abrir camino en una ciudad nueva es conveniente tener un socio en el mundo criminal (ya sea para conseguir algunos ingresos rápidos, o simplemente para asegurarse cierta protección frente a robos). Resultan un extraño par de socios, ya que muchas veces el respetable mercader se comporta de una forma más pícara y desenfadada que su serio y formal amigo ladrón.
En sus propias palabras:
"Sentado junto a la ventana, mi atención se halla por entero centrada en el interior de la estancia: al fin y al cabo, al otro lado solo se encuentra esta maldita ciudad alejada del mar y sacudida por la furia del invierno. Sin embargo, en su interior tengo una fulana, bien entrada en carnes y completamente borracha y dormida, que me va a proporcionar mi primer alimento en este agujero del demonio. ¿Qué diantres he hecho para acabar en este lugar? Aunque en el transcurso de los últimos años me he hecho esta pregunta infinidad de veces, la respuesta acude a mí de idéntico modo: quién te mandaría meterte en la alcoba de Herr Wilfred y follarte a su mujer. Aunque, eso sí, recordar su cara desencajada cuando tenía a su esposa a cuatro patas endulza estos accesos de melancólica ira que me sobrevienen.
Y pensar que un día lo tuve todo, o al menos todo lo que un hombre pudiera desear tener en Lübeck. Mi padre fue uno de los que primero se instalaron en el recinto de la ciudad. Logró establecer, con el paso del tiempo, un próspero negocio en el que intercambiaba productos con los hombres del norte: les compraba pieles, maderas y resinas a cambio de cereales, vino y productos manufacturados. Pero la verdadera fortuna la hizo con el ámbar, la joya del norte: con el establecimiento de ciudades como la nuestra, el comercio de esta piedra se incrementó y hubo unos cuantos que hicieron fortuna de ello: mi padre fue uno de ellos. Tuve las más bellas mujeres de Lübeck entre mis sábanas y ahora estoy en un cuchitril con una furcia gorda y borracha que no valdría la mierda del más miserable de los perros de mi padre, y todo por mi incontinencia sexual.
Pero bien merecido lo tengo. Una vez muerto mi padre, heredé su negocio y su cargo en el Consejo de la ciudad. Solo tenía que cuidar de mi posición, buscarme una buena esposa y tener hijos que heredaran lo que les dejara tras mi muerte. Pero no, en uno de esos momentos de brillantez que me suelen poseer, decidí que sería buena idea enfrentar a todos los hombres fuertes de la ciudad. La verdad es que las cosas no salieron mal en un principio, y bien habrían terminado si hubiera evitado las camas de ciertas señoras. Pero cuando se torcieron de verdad, aquellos a los que había enfrentado hicieron causa común contra mí. Y todo por la criada que tenía la mujer de Wilfred, cuya idiotez era igualada únicamente por el tamaño de sus pechos. Una vez se enteró de lo mío con su señora, despechada por lo que habíamos tenido, decidió contar al señor Wilfred mis incursiones en la casa. Tonta, aún la vi días después en la calle, sin pelo, cubierta de moratones en cara y brazos y con harapos que apenas pasaban por prendas. Creo que me reconoció, pero avergonzada se giró y tomó la dirección opuesta a la mía.
Poco después vino el segundo golpe: mi flota fue asaltada cuando procedía de las tierras del norte. Piratas decían mis colegas: sabandijas diría yo. No soportaban lo que había hecho y de alguna forma tenían que vengarse. Y yo, en la ruina y sin nadie a quien acudir, me vi reducido a la miseria. Solo entonces conocí a Markus. Decía ser, como yo, alguien que se dedicaba a llevar de un punto a otro lo que la gente necesitaba. Me decía que, una vez caído en desgracia en el norte, probara fortuna en el sur y el este, que podría ayudarme a establecerme y ganar prosperidad. Sin otra opción, acepté. Nos dirigimos a la capital del reino de los húngaros, a medio camino entre las tierras de los alemanes y de los griegos, y donde mi preceptor me enseñó los productos que se traían de oriente. Pasado un tiempo, y extrañado ante sus hábitos nocturnos, le pregunté a qué se debía. Otra idiotez que debí guardar para mí: no dudó en abalanzarse sobre mí y Abrazarme. Dijo tenerlo entre sus planes, pero que esa pregunta le facilitó lo ya ideado. Y así, tras un tiempo en el que me enseñó cómo trabajaba me envió a este “encantador” lugar. Me dijo que los suyos tenían grandes planes en el este. No sé a qué se refería con ello, pero me recomendó que prosperara en Buda-Pest hasta que llegaran nuevas indicaciones. Bien, esto no puede hacerse con el estómago vacío..."


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