La presa era descuidada. Inconsciente del peligro que le acechaba, iba dejando sus huellas torpemente en la nieve a medio derretir de la calzada. Iba borracho. La lámpara de aceite que iluminaba sus pasos se tambaleaba erráticamente de un lado para otro.
Moviéndose entre las sombras sin hacer ruido, Valrek seguía a su víctima, esperando que llegara a algún callejón aislado donde poder arrebatarle su sangre y su oro. Iba a ser una noche provechosa. Después de todo un invierno pasando hambre, las calles de Buda-Pest empezaban a florecer de Ganado despreocupado, deseando salir de las casas malolientes donde habían estado hacinados los últimos meses. Valrek se relamió de anticipación.
La presa llegó por fin a un lugar adecuado para la rematar la cacería. No había nadie en las inmediaciones. Dobló una esquina y se introdujo en una callejuela donde Valrek sabía que sus gritos quedarían sin respuesta. Era el momento. Ágilmente, Valrek se lanzó en persecución de su cena.
El callejón estaba oscuro como la boca de un lobo. ¿Qué había pasado con la luz de la lámpara que llevaba el borracho? Siguiendo un instinto atávico, Valrek se arrojó hacia un lado, invocando el poder que llevaba dentro para que sus ojos pudieran penetrar la oscuridad.
Aquello salvó su vida.
Una espada curva se clavó en la pared justo donde su cabeza había estado un segundo antes. Con sus ojos fulgurando rojos como ascuas, Valrek apenas tuvo tiempo de ver la figura embozada de un espadachín que se lanzaba sobre él. Valrek rodó sobre la nieve, liberando de su vaina su propia espada, dispuesto a combatir contra el desconocido. En el suelo, muerto o inconsciente, estaba el borracho a quien había estado siguiendo.
El callejón se llenó del sonido de choque de espadas. Valrek era diestro y ágil, pero su atacante lo era más. Se movía con una gracia y una velocidad que no eran de este mundo. El combate fue brutal, despiadado y rápido. En pocos minutos, Valrek se encontró en el suelo, desarmado, con una cimitarra afilada apuntándole al corazón y otra marcando el punto entre sus dos ojos.
Ambos Gangrel se quedaron observándose el uno al otro, bajo las estrellas de abril.– ¿Cuál es la primera regla de la caza? –preguntó el misterioso atacante.– No hay cazadores ni presas, mi señor –respondió Valrek, reconociendo a quien le había vencido con semejante facilidad–. Sólo una eterna cadena de presas.– El conejo devora la yerba, pero el lobo devora al conejo.– Pero el hombre mata al lobo.– El Vástago devora al hombre.– Y los Ancianos devoran a los Vástagos jóvenes y necios.– Te sabes las palabras, Chiquillo, pero no las guardas en tu corazón –dijo el Bajá Almarim mientras ayudaba a Valrek a levantarse del suelo–. Has peleado bien, pero eres incauto y descuidado. Estabas tan absorto en tu presa que no te diste cuenta de que estabas en mi punto de mira.– Pido perdón, Maestro.– En mi mano está perdonarte por la torpeza de hoy, pero no salvarte cuando un enemigo de verdad te pille por sorpresa. Que conocer tu debilidad sea tu castigo.
– ¿Cuándo habéis regresado, mi señor Bajá?– Esta misma noche. Ha sido fácil encontrarte. Haces mucho ruido. Te mueves como un oso atravesando un taller de cerámica.
– ¿Os quedaréis en la ciudad?Y el Bajá Almarim se perdió en la noche.
– No, mi joven aprendiz. Me iré pasado mañana. Pero antes, tengo algo que proponerte.
– ¿De qué se trata, señor?
– No aquí, joven. No ahora. Hablemos mañana. En la décima hora de la noche, dirígete a la plaza del mercado, junto al distrito de los almacenes de Buda. Allí te esperaré para conducirte frente a un asociado mío que tiene una propuesta que hacerte. Escúchale bien, porque su oferta puede beneficiarte enormemente y labrar tu futuro.
– ¿De qué se trata?
– No sólo sigilo has de aprender, muchacho, sino también paciencia. No diré más. Mañana se despejarán tus dudas. Y ahora, joven, aliméntate si quieres de este pobre despojo –dijo señalando al borracho inconsciente–. Yo tengo cosas que hacer.

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