"Soy Brador, caudillo del saeptum del Cielo Sombrío", dice el anciano. Su piel arrugada está tan curtida por el sol y los elementos que apenas se distinguen los tatuajes que cubren su cara, pecho y brazos. "Vengo en son de paz".
"Hace tres lunas hicisteis algo inesperado. Sin que nadie os lo pidiera, socorristeis a una mujer encinta en peligro. Esa mujer era mi nieta, y gracias a vuestra acción hoy tengo un descendiente sano y hermoso, que mi corazón dice que está llamado a un gran destino dentro de los Garou. Por eso, mi saeptum y yo os estamos agradecidos."
El anciano hace una pausa, carraspea, esputa en el suelo.
"Pero no nos engañemos. Sé cuál es vuestra naturaleza. Los de vuestra raza servís al Wyrm, que es para nosotros anatema. No puede haber paz entre nuestros pueblos, porque es vuestra naturaleza profanar lo que para nosotros es sagrado."
Un nuevo silencio.
"Sin embargo, los hechos son los hechos, y el honor se paga con honor. No podemos olvidar lo que habéis hecho, así que estas son mis palabras: que se haga una tregua entre nosotros. Mientras se recuerde mi autoridad, el Cielo Sombrío no atacará vuestras tierras, no matará a vuestros esclavos, no os expulsará de este valle. Podréis dormir tranquilos durante el en vuestras criptas inmundas. Así queda dicho, y así se hará".
"Pero recordad: esto no es la paz. Es una tregua. El saeptum tiene ojos y oídos, y estaremos vigilantes. Contened vuestras naturalezas, siervos del Wyrm. No profanéis la tierra. No envenéis a sus espíritus. No violéis a sus criaturas. Porque si lo hacéis, se romperá la tregua y se derramará sangre. La vuestra. Queda dicho".
¿Qué significa eso?, pregunta la muchacha gitana.
"El que tiene oídos, que oiga. El que tiene entendimiento, que entienda", responde el anciano con desprecio. Y sin más parlamento, se levanta, apoyándose en uno de los jóvenes guerreros que le acompañan, y junto con ellos se da la vuelta y se pierde en la noche.

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