sábado, 7 de abril de 2018

Entrevistas con los vampiros



Es fría la noche, pese a ser ya finales de la Primavera. Una niebla tenue, azulada, se arremolina y extende zarcillos de gasa traslúcida entre las lápidas, como la hiedra. Las telarañas de los mausoleos se perlan de minúsculas gotas de rocío. No hay luna esta noche. Desde lo alto las estrellas parpadean, frías, duras, indiferentes, sobre la mole negra de los muros del convento de Nuestra Señora, encontrando un eco extraño en el titilar lento e incomprensible de las luciérnagas y, a veces, en la ocasional fosforescencia verdosa de algún fuegos fatuo que emana de entre las tumbas.  No hay ruido alguno a estas horas de la noche: hasta el viento se ha detenido. 

Flavia llega desde el convento, en silencio. Avanza como flotando entre la niebla con la que se funden sus hábitos de monja. Es blanca, pequeña, como los nomeolvides que crecen sobre los muertos. De alguna manera su piel mortecina parece captar la mínima luz ambiental de las estrellas y las luciérnagas y devolverla, haciendo que parezca rodeada de un halo casi imperceptible. Detrás de ella, igualmente silencioso, pero enorme y grave, viene Grigore, llevando bajo el brazo el torso desnudo, decapitado, desmembrado y medio podrido de una mujer. Flavia huele a polvo y flores secas; Grigore a fosa recién excavada. Ambos se aproximan hacia donde Jaroslav y Zoltana están esperando, se detienen frente a ellos y hacen una reverencia ante el sacerdote.
Ave Princeps, dominus tecum– dice Flavia.

Et cum spiritu tuo– responde Jaroslav.
Los cuatro Cainitas departen durante largo rato, intercambiando posturas acerca de la ciudad y sus alrededores. Jaroslav anuncia que su Principado será justo y benevolente; que sólo le interesan la paz, el orden y el mantenimiento de las Tradiciones.

Una lágrima roja, redonda, se desliza por la mejilla de Flavia Dimitra Ionesca.
Vos también perseguís los principados y el oropel, como tantos otros que siguen ciegos a la verdad fundamental. ¿No comprendéis que no pertenecéis ya al mundo de los vivos? ¿Acaso no estáis muerto, como todos nosotros? Creía que un hombre de Fe como vos entendería la diferencia entre la vida y la muerte –dice tristemente–. Sed pues Príncipe, mi señor. Grigori y yo os juramos obediencia y os rendimos pleitesía. Pero a cambio quisiera suplicaros dos mercedes. 

¿Y cuáles son esas mercedes?– responde el nuevo Príncipe.

Que uséis vuestro poder para proteger este convento de Nuestra Señora de los Remedios y el Camposanto que le rodea. Os ruego que no permitáis que nadie de nuestra maldita Estirpe se aproveche de las monjas, que nadie se alimente de ellas, ni las maltrate, ni entorpezca su noble labor de embalsamar y honrar a los muertos. Este es un lugar sagrado de silencio y contemplación. No permitáis, mi Señor, que esta paz se vea perturbada de ninguna manera.  

 ¿Y la otra merced?

Acordaos de mi el día séptimo del mes tercero del Año de Nuestro Señor de Mil Quinientos Cuarenta y Nueve. Ese día conoceré por fin la Muerte Definitiva. Será aquí, junto a este mismo mausoleo. Os ruego, mi Señor, que no permitáis que mis asesinos profanen mis restos mortales. Si sois Príncipe bueno y justo como habéis prometido, cuando se acerce esa noche yo misma os enseñaré el Ritual por el que mi cuerpo quede convertido en cenizas al instante, a salvo de los profadores. Por favor, prometédmelo.





II


La gran casa está llena de calor y música. Todas las habitaciones están iluminadas por el color dorado de las lámparas. Cuthberto de Friburgo asiente, con una sonrisa pícara, mientras una bailarina húngara danza despreocupadamente al ritmo frenético del rabel. Se escuchan risas provinientes de una de las habitaciones adyacentes, y de cuando en cuando llegan hasta aquí los gemidos de una pareja fornicando en algún otro lugar de la casa.

Sé que no aprobáis este estilo de vida, mi señor cura –dice Cuthberto a Jaroslav, que está sentado incómodamente en la esquina de uno de los divanes de estilo romano que adornan la sala–. Yo tampoco soy partidario de algunas de vuestras aficiones: en concreto, la política –ríe–. Podéis quedaros con el Principado: yo no lo quiero. Yo sólo deseo que esta ciudad florezca de vida, de música y de riquezas. Quiero mujeres hermosas y hombres apetitosos a mi alrededor. Quiero oro. Quiero especias del oriente. Quiero olvidarme de la peste y las guerras y del hambre y de toda la fealdad y miseria que he visto en mis días mortales. Estoy harto de todo aquello. Haced que Kronstadt florezca, dejadme tener riquezas y mujeres jóvenes y hombres vigorosos y música en abundancia, y seré vuestro súbdito más fiel.  Os besaré el anillo siempre que me lo pidáis. O la boca, si así lo preferís. Pero no entorpezcáis mis negocios ni mis diversiones, os lo ruego. Odiaría que tuviéramos que convertirnos en enemigos: estoy cansado de la espada, mi señor. Vivid, y dejad vivir: ese es mi lema. Y ahora, ¿me permitís que os ofrezca algo de beber? Brigitta, aquí presente, tiene sangre dulce como la miel y caliente como el infierno. Con perdón. Es vuestra, y también de vuestra hermosa acompañante la dama Zoltána, a cuyos dulces pies me arrojo. Pero, por favor, no me la estropeéis. Me gusta verla bailar, ¿sabéis?



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