"No veo qué se me ha perdido en esa Tierra Santa de la que habláis"
Toda la sala se quedó en silencio. Los ojos de todos los presentes se centraron en la figura difícil de mirar de Theodor, el Nosferatu, que era quien se había atrevido con esa salida de tono. Jürgen tardó un instante más de la cuenta en reaccionar. "¿Perdón?", preguntó como si no hubiese escuchado bien.
"Que no veo por qué debería yo abandonar mi tierra para luchar guerras que no me conciernen, y mucho menos más allá del mar. No me atañen ni vuestro dios ni el de los sarracenos, y por mí podéis mataros los unos a los otros sobre la imagen de dos leños de madera cruzados si eso es lo que deseáis. No me concierne, y no me embarcaré a esas tierras extrañas ni por el Papa ni por el Rey de Francia ni por nadie"
Lord Jürgen no daba crédito a sus oídos. Controlando a duras penas su ira, dijo: "No viajáis a Oriente ni por el Papa ni por el rey de Francia. Viajáis por mí, porque me habéis jurado vasallaje y porque yo os he comprometido por mi honor al éxito de la misión de mi señora Rosamunde de Islington, la más hermosa y noble dama de la Estirpe".
"Yo no os he jurado nada. Nada me ata a vos"
"Sí lo habéis hecho, en Magdeburgo primero y después al aceptar mi protección, que tan conveniente os resulta, contra vuestro captor Radu aquí en el Castillo de Bran. Y si vuestra cabeza sigue sobre vuestros hombros después de haber proferido tales desacatos, sabed que es por la gratitud que siento por vuestra ayuda al recuperar esta Espada que ahora desenvaino. Retractaos, pues, ya que mi paciencia y mi generosidad tienen un límite"
En concordancia con estas palabras, Jürgen desenvainó su Espada, la ya legendaria hoja forjada por los mejores artesanos Toreador de toda Francia, y apuntó con ella a Theodor, que se había quedado solo y encorvado en el centro de la sala. Todo lo demás parecía haber desaparecido de la escena: sólo estaban el Ventrue, alto, poderoso, brillante, rodeado por un aura divina de autoridad y gloria, y el retorcido, repulsivo, oscuro y vil Nosferatu, empequeñeciéndose cada vez más ante la fuerza palpable de la presencia del señor feudal. Theodor retrocedió tres pasos, tambaleándose, a punto de caer de rodillas. Pero con un supremo esfuerzo de Voluntad logró repetir entre dientes, arrastrando lentamente las palabras como si cada una de ellas le costara un sacrificio supremo: "Haced de mí lo que queráis. No combatiré en vuestra Cruzada".
"Así os pudráis en vuestra propia inmundicia", sentenció Jürgen fríamente. "Yo tampoco deseo que un Nosferatu rastrero e insolente como vos, Rata de Cloaca, ensucie la misión de mi señora de Islington y ponga en peligro la cruzada con su desobediencia y sus actos traicioneros. No en vano sois del más bajo de los clanes. ¡Yo os maldigo, basura, escoria, excremento de una perra tuberculosa! Salid de mi vista inmediatamente, u os haré ajusticiar y quemaré vuestros restos yo mismo. A partir de ahora seréis proscrito en todas las tierras de los Ventrue. Tenéis una noche para salir de Kronstadt. Pasada esa noche yo, como Príncipe de Magdeburgo y Señor de los Dominios Orientales de Krostadt, Alba Iulia, Schaasburg y Tihuta, futuro Señor de Transilvania por la Gracia de Dios, invocaré la Segunda Tradición de Caín y declararé contra Vos la Caza de Sangre. No conoceréis la paz en estas tierras. No habrá refugio, cripa, ciudadela, muralla, cueva o madriguera que pueda protegeros de la Caza de Sangre. Todos os buscarán para ejercer el derecho de Destrucción que yo otorgaré y devorar vuestra Vitae, por repulsiva que ésta sea, con el beneplácito del Príncipe y de las Tradiciones de nuestro pueblo. Así lo decreto en este momento. ¡Fuera de mi vista!"
Acto seguido los hombres de Jürgen echaron a patadas del castillo a Theodor, el Proscrito, y a su infecto oso.
En concordancia con estas palabras, Jürgen desenvainó su Espada, la ya legendaria hoja forjada por los mejores artesanos Toreador de toda Francia, y apuntó con ella a Theodor, que se había quedado solo y encorvado en el centro de la sala. Todo lo demás parecía haber desaparecido de la escena: sólo estaban el Ventrue, alto, poderoso, brillante, rodeado por un aura divina de autoridad y gloria, y el retorcido, repulsivo, oscuro y vil Nosferatu, empequeñeciéndose cada vez más ante la fuerza palpable de la presencia del señor feudal. Theodor retrocedió tres pasos, tambaleándose, a punto de caer de rodillas. Pero con un supremo esfuerzo de Voluntad logró repetir entre dientes, arrastrando lentamente las palabras como si cada una de ellas le costara un sacrificio supremo: "Haced de mí lo que queráis. No combatiré en vuestra Cruzada".
"Así os pudráis en vuestra propia inmundicia", sentenció Jürgen fríamente. "Yo tampoco deseo que un Nosferatu rastrero e insolente como vos, Rata de Cloaca, ensucie la misión de mi señora de Islington y ponga en peligro la cruzada con su desobediencia y sus actos traicioneros. No en vano sois del más bajo de los clanes. ¡Yo os maldigo, basura, escoria, excremento de una perra tuberculosa! Salid de mi vista inmediatamente, u os haré ajusticiar y quemaré vuestros restos yo mismo. A partir de ahora seréis proscrito en todas las tierras de los Ventrue. Tenéis una noche para salir de Kronstadt. Pasada esa noche yo, como Príncipe de Magdeburgo y Señor de los Dominios Orientales de Krostadt, Alba Iulia, Schaasburg y Tihuta, futuro Señor de Transilvania por la Gracia de Dios, invocaré la Segunda Tradición de Caín y declararé contra Vos la Caza de Sangre. No conoceréis la paz en estas tierras. No habrá refugio, cripa, ciudadela, muralla, cueva o madriguera que pueda protegeros de la Caza de Sangre. Todos os buscarán para ejercer el derecho de Destrucción que yo otorgaré y devorar vuestra Vitae, por repulsiva que ésta sea, con el beneplácito del Príncipe y de las Tradiciones de nuestro pueblo. Así lo decreto en este momento. ¡Fuera de mi vista!"
Acto seguido los hombres de Jürgen echaron a patadas del castillo a Theodor, el Proscrito, y a su infecto oso.

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