domingo, 24 de mayo de 2020

Castillo de Tihuta v2.0

Enero, 1301 

Queridas amigas de la decoración y el interiorismo:

Qué forma mejor de empezar un nuevo siglo, nada menos que el XIV (¡cómo corren los tiempos! Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad), que con una inauguración. Es el propio Conde Radu, ataviado con unas calzas moradas y polainas a juego, quien corta la cinta inaugural tras pronunciar un breve pero emotivo discurso:

– Ehm, pues, ejem, ejem. Pasemos dentro, ¿no creéis? Que está lloviendo y el terciopelo se echa a perder. Habréis preparado aperitivos, ¿verdad? 

Afortunadamente,  sí que hay aperitivos. Dentro aguardan, sobre bandejas de de chapa pintadas con purpurina para dar el pego y adornados con lacitos, una docena de bandidos y evasores de tributos, dispuestos para alimentar a Radu, los anfitriones del castillo y los mandatarios extranjeros invitados, que ascienden al número de uno: sólo la Princesa Esmerelda von Fustenbergo, de Alba Iulia, ha venido por la gran amistad que le une a su amigui del alma, mi señora Zoltána. El resto de mandatarios invitados no han podido venir, aduciendo tener las lentejas al fuego y otra serie de disculpas igualmente buenas.



El Castillo mantiene el diseño original del Maestro Zelios, ampliado y reforzado para albergar a un número grande de Cainitas y para afrontar los avances tecnológicos en materia de artillería que empiezan a extenderse por Europa. Todas las estancias principales han sido recubiertas por Pladur, el maestro búlgaro de los tapices, como regalo de Eirene de Sofía, Chiquilla y admiratriz de lord Aldrich. La mayor parte de los tapices reflejan escenas de caza, muy a la moda moderna, en las que briosos galgos abaten virilísimos ciervos de vivos colores. Este es un estilo artístico que nunca perderá vigencia, en opinión de todos los expertos. También hay un par de cuadros de payasos tristes, otro clásico del arte búlgaro. 

Parece que fue ayer cuando comenzó a construirse el Castillo, pero fue en 1192. ¡Qué son ciento ocho años de nada! Al menos eso dijo el Maestro Zelios, al visitar las obras hace un par de décadas. Según él, ni un castillo ni una catedral merecen tales nombres si no se ha tardado más de cien años y no han muerto varios cientos de personas en construirlos. El Castillo de Tihuta, desde luego, lo cumple: dos invasiones mongolas, un par de asedios, una combustión espontánea y media docena de asesinatos le dan lustre y un ambiente hogareño a sus húmedas paredes de piedra negra.

El castillo cuenta con todas las comodidades modernas: puente levadizo, crueles aspilleras, catacumbas lóbregas, sótanos pútridos, celdas insalubres y muchas, muchas gárgolas de diseño adornando sus tejados puntiagudos. Hoy, con la inauguración, se ha alzado la hermosa bandera del conde Radu desde el pico más alto del Castillo, y solo ha muerto un operario por el rayo que ha caído justo encima mientras la levantaba.

Orgulloso saluda el triunvirato en el que Radu deja las manos del Castillo: lord Aldrich, cuya mujer está cada día más buena, seguirá siendo el Señor nominal del castillo y las tierras circundantes; el frate Jaroslav, que tan duramente y con tan alto precio luchó por esta fortaleza, será el noble encargado de las tropas y el señor Theodor, apodado cariñosamente por sus pares como El Inmundo,  será Guardián del Paso y de los bosques. Todos ellos sonríen luminosamente, en particular Theodor, quien para la ocasión ha asumido el aspecto de un tal Ryan Gosling. 

Con esta humilde, pero sentida ceremonia y la fastuosa a la par que provinciana fiesta queda inaugurado de nuevo el Castillo, si bien es cierto que sus residentes ya llevaban habitando en él desde hace muchos años, centrándonos ahora en lo verdaderamente importante, que son los vestidos de las damas...

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