El voivoda Vladimir Rustovitch personifica todas las virtudes Tzimisce. El tirano es un estratega brillante, un verdadero líder, tan cómodo empuñando una espada como manejando el poder político de la corte. Aunque prefiere los signos abiertos de autoridad, Vladimir también es un manipulador capaz cuando la situación requiere sutileza, tal y como ha demostrado en su manejo a distancia de las ambiciones de los Ventrue sajones.
Vladimir forjó un dominio para sí mismo ubicado entre el oeste de Hungría y Transilvania propiamente dicha, utilizando a partes iguales el miedo y la estrategia como herramientas. Aunque no es el Tzimisce más viejo de la región, se ha convertido en el mejor estratega militar del voivodato en estos tiempos de guerra y el señor indiscutible de un gran feudo propio. Lleva el título de "voivoda de voivodas" con orgullo y se ve a sí mismo como la contrapartida temporal de Yorak, el legendario sumo sacerdote y Matusalén de la Catedral de la Carne. Pero en su ascenso Rustovitch se ha cultivado su buena ración de enemigos. Su ascenso ha desplazado a muchos de sus mayores, y los Tzimisce no son gente que se caracterice por perdonar desaires. Pero si su ascenso al poder ha sido un testimonio de su genio táctico, el hecho de que haya permanecido allí durante varias décadas es un testimonio de su brillante comprensión del poder de la intriga política. Más allá de sus ejércitos, Rustovitch tiene espías dispersos por toda Europa, desde el lejano Báltico hasta Tierra Santa, donde ha logrado establecer una gran influencia durante la Séptima Cruzada.
La apariencia de Rustovitch es el epítome de la nobleza. Su rostro es hermoso al tiempo que sardónico; una sonrisa ligera siempre adorna su cara. Es alto, fuerte y de buena constitución, y a diferencia de muchos de su Clan, que suelen vestir ropas anticuadas y pasadas de moda para demostrar su antigüedad, se adorna con galas elegantes pero funcionales, que transmiten impresión de nobleza sin dejar espacio a la tontería.

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