domingo, 20 de diciembre de 2020

Santa Margarita Blues

Las escaleras subían en espiral hacia la planta superior del convento. Los peldaños eran de madera y Gertrudis no era precisamente una mujer ligera: por un momento tuvo la certeza de que los crujidos de los peldaños iban a atraer la atención de todo el convento. Pero estaba ya a mitad de recorrido. Volver a bajar probablemente iba a hacer tanto ruido como seguir subiendo, y todo para volver al mismo punto de partida. Gertrudis tragó saliva y terminó de subir el tramo de escaleras que le quedaba.

En la segunda planta se abría un largo corredor con puertas estrechas y bajas a izquierda y a derecha. Las celdas de las monjitas, sin lugar a dudas. A simple vista, todas estaban cerradas y cada una venía marcada con alguna letra o símbolo. Gertrudis no sabía leer. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los ruidos de las cocinas abajo y el murmullo de unas oraciones provinientes de algunas de las celdas. Probablemente se tratara de las hermanas que acababan de ser reñidas y enviadas a penitencia por la madre superiora. El pasillo, por lo demás, estaba tranquilo, oscuro. Las únicas fuentes de luz eran la escalera por la que Gertrudis había subido y una puerta abierta al final del pasillo. Gertrudis comenzó a moverse en esa dirección.

Cuando había recorrido unas tres cuartas partes de la longitud del pasillo escuchó pasos. Provenían de detrás de la puerta hacia la que se dirigía, pertenecían a varias personas y se acercaban. Era imposible retroceder sin que la descubrieran. No iba a dar tiempo. Asustada, Gertrudis hizo lo único que se le vino a la mente. Sin pararse a más consideraciones, echó mano de la puerta más cercana, justo a su derecha.

La puerta no estaba cerrada con llave y la celda a la que conducía, afortunadamente, estaba vacía. Gertrudis cerró la puerta detrás de sí todo lo silenciosamente que pudo. Justo a tiempo. Por el pasillo escuchó las voces de varias hermanas. A Gertrudis el corazón le latía como si fuera a salírsele por la boca. No creía que las pobres monjas de Santa Margarita fueran a ponerse violentas si llegaban a encontrarla: todo lo más, la echarían del convento denunciándola ante alguna autoridad. Pero no las tenía todas consigo acerca de los fanáticos que se refugiaban en el convento. Había visto en la mirada de Flatulio, el Flagelante que acompañaba a la madre superiora, algo que no le había gustado nada. Algo peligroso. Había muerte en los ojos de ese hombre.

No me gusta nada, hermana Samantha –decía una de las voces en el pasillo–. No lo apruebo.

A mí tampoco me gusta, sor Esteisi –contestó otra voz femenina–. Pero habéis de recordar cuál es vuestro lugar. Habéis hecho un voto de obediencia y debéis acatar las decisiones de la Madre Superiora.

Aun así, no está bien.  Nada bien. ¡Hombres en un convento de clausura! Esto no puede traer más que problemas

Los hermanos Flagelantes son siervos de Dios, igual que nosotras.

Ya, pero no es correcto. Yo, desde luego, no estaré tranquila hasta que los hermanos se hayan marchado de nuestra bodega. ¿Y qué es eso de no permitir que ninguna de nosotras baje durante las horas diurnas? No es decente. Las hermanas más jóvenes están inquietas.  Fijaos en lo ocurrido con estas pobres diablas. Esta situación está haciendo mucho daño a la disciplina, os lo digo yo.

Jesús, María y José... 
Las voces se fueron alejando por el pasillo. Pero podían volver en cualquier momento. Esas dos mujeres parecían estar haciendo guardia en las celdas de las monjas castigadas. Gertrudis se detuvo a considerar sus opciones. La celda era diminuta, con una única ventana no más grande que un palmo por cada lado. Las paredes olían a cal recientemente aplicada. La celda de una monja muerta por la Peste. Gertrudis contuvo un escalofrío. Como único mobiliario, un camastro, una jofaina y un armario empotrado. Los pasos volvían a acercarse. ¡Atrapada! Aquel no era un lugar seguro.

 


 

Tal vez el armario contuviera aún algún ropaje. Si pudiera vestir como una monja más, pensó Gertrudis, a lo mejor sería posible salir de allí sin llamar la atención. Abrió la puerta del armario. Por desgracia, estaba vacío. No solo eso, sino que el armario apenas tenía fondo. Ni siquiera serviría para esconderse dentro.

Un momento. Aquello no tenía mucho sentido. ¿Para qué tomarse la molestia de montar un armario empotrado en la celda, si luego no iban a caber en él ni un par de pañuelos? Afuera seguían oyéndose los pasos de las celadoras. Gertrudis, angustiada, se puso a palpar con cuidado las maderas que constituían el fondo del armario. Allí había gato encerrado. Una no se pasaba treinta años regentando una taberna al servicio de un Ravnos sin aprender un par de cosas acerca del contrabando. Aquello apestaba a escondrijo secreto. ¡Bingo! Tras unos minutos manipulando, Gertrudis dio con el mecanismo que deslizaba la falsa pared del armario. Ante ella se abría un estrecho pasadizo hacia las profundidades del Convento de Santa Margarita.


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