Florin es el vampiro más feliz del mundo.
Dios debe haberle bendecido, seguramente como recompensa por sus buenas obras. No solamente le ha puesto al alcance de sus colmillos todo una ejército de inmundos vampiros pecadores a los cuales ejecutar, alimentándose de ellos, sino que además, lo más importante... ¡está enamorado! ¡Y su amor es correspondido!
Se ven todas las noches. Cada una de ellas es el mismo y bello ritual. Florin se levanta de su ataúd y va a ver a su amado. Con suerte, Domitila ha conseguido traer algo para que él coma. Y si no hay suerte, paliza al canto para esa zorra. A Florin le gusta quedarse mirando cómo Parnulfo clava sus colmillos anémicos en algún mortal de mierda. "Mátalo, amor", le anima Florin. Y Parnulfo le obedece y mata. Luego le da Sangre a Florin y los dos hacen el amor, desnudos y ensangrentados. Pero llega el momento en que hay que vestirse y salir a trabajar.
"Ay, dame aaaaalgo", se despide de él Parnulfo, con esa voz aguardentosa tan bonita que le sale por esa boca carcomida y desdentada. Y eso es lo que va a hacer, por supuesto. Florin no pensará en nada más en el resto de la noche.
Florin sale a las calles, oculto bajo el velo de sus poderes. Recorre con satisfacción esos callejones oscuros, iluminados solamente por las llamas de los contenedores en llamas, pasa por encima del algún cadáver abandonado tras algún nuevo disturbio, y busca distraídamente a algún Anarquista a que dominar por la fuerza y devorar, según le han pedido los Príncipes. Con sus agudos sentidos, es fácil encontrar alguno: Florin se abre al mundo que le rodea y sus ojos, oídos y olfato se llenan de señales: las casas invadidas de ventanas rotas, los regueros de sangre en el suelo, los ecos de batalla y llanto, el murmullo de las oraciones pidiendo a Dios la liberación de esta pesadilla de ciudad, el aroma del orín y del miedo. También se despiertan otros sentidos más sutiles, que no dependen de ningún órgano: la nube de desesperación que cubre la ciudad, la acumulación cada vez mayor de Fe Auténtica en el Szeplőtelen Fogantatás kolostor, la sensación de hormigueo que producen los espíritus de los muertos con ausntos sin resolver acumulándose en las ruinas.
Sí, encontrar anarquistas es relativamente fácil. Lo difícil es encontrarles a solas. Florin es poderoso, pero Dios solo ha creado uno como él. Estos repugnantes anarquistas son muchos y se mueven constantemente. En ocasiones Florin es capaz de seguir su pista durante el tiempo suficiente como para hacer llegar la voz a alguno de sus chiquillos, Nosequién o Nomeimporta, y que éstos (y los de Barabbas y de Aldrich) vengan a darse de tortas contra los anarquistas. Si hay suerte, Florin puede observar la batalla desde las sombras y acercarse a los moribundos de uno u otro bando para beberse sus últimas gotas. ¡Eso le hace tan feliz! En otras ocasiones, aún más raras, Florin se queda a solas con algún que otro Anarquista y en esos casos puede disfrutar del placer de sorprenderle por la espalda, clavar en él o ella sus colmillos, someterle con su fuerza superior y devorar su sangre y su alma como si fuese un calippo tropical.
Ninguna de estas cosas ocurren cada noche (y de hecho a medida que los anarquistas aprenden, cada vez sucede menos), pero Florin no es una persona glotona. Agradece lo bueno que le manda Dios cuando lo hace, y el resto del tiempo se dedica a lo que más importa.
Que es llevarle a Parnulfo su regalo.
Llegado un momento de la noche, Florin deja las tareas de la caza y se dedica a lo verdaderamente importante, que es encontrar algo bonito que llevarle a su amor. Busca alguna casa que aún esté entera y que no esté protegida por el hedor de la Fe. Intenta deslizarse en ella sigilosamente, pero hoy en día todas las casas de Bistriz están cerradas a cal y canto por la noche, así que al final tiene que romper una puerta o ventana a hachazo limpio. Luego entra en la casa, mata a todo el mundo que encuentra, los despedaza, mete sus cráneos en la chimenea y les saquea. Joyas, relicarios, vajilla de cerámica, antigüedades: ninguna cosa es suficiente para un Ser de Luz tan puro y hermoso como Parnulfo.
Y, botin en mano, Florin va dando saltitos y cantando al encuentro de su amor. Quedan en junto al pozo que se ha convertido en su lugar especial. Parnulfo viene de su paseo nocturno (Florin no tiene ya estómago para negarle su espacio de libertad al querido mendigo) y al verle, Florin le da unos besitos y le dice:
"Toma, te he traído algo"
Y Parnulfo, con amor y legañas en los ojos, le responde:
"Dame más".

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