Mi muy querido amigo y colega Príncipe Jaroslav,
Os escriben esta carta sin otro objetivo que desearos unas felicísimas conmemoraciones navideñas. Y digo "os escriben", así en tercera persona, porque como soy analfabeta estoy dejando que uno de mis ghouls transcriba mis sabias palabras. Estoy convencida de que mi letra, si alguna vez me tomara la molestia de aprender caligrafía, sería mucho más elegante que la de este pobre siervo, pero francamente: qué pereza.
Borra esto último, Boris, que ahora que lo pienso igual ese señor tan tosco y tan guerrero no es capaz de apreciar mis refinados comentarios acerca de grafología. ¿Lo has borrado? ¿Sí? Buen chico, Boris: esta noche, ración doble de tejföl para ti. En lugar de eso escríbele algún elogio que se te ocurra que pueda halagar su vanidad masculina, que parezca que siento por él algún tipo de admiración. ¿A qué esperas, pazguato? ¡Escribe algo!
Mi señor Jaroslav: estoy convencida de que tenéis un miembro descomunal.
Muy bien, Boris, ghoul bueno, ghoul guapo. Continúa escribiendo lo que te dicte, algo como esto: amigo del alma y compañero de fatigas en el duro trabajo del Principado, deseo felicitaros en esta noche tan especial en la que conmemoramos el nacimiento de Nuestro Salvador. Es una fecha para celebrar y también para la meditación. Yo, como vos, soy una persona de fe, aunque con la diferencia de que yo, por algún motivo que tal vez sea la casualidad, no soy un cura apolillado sino una hermosa y vibrante mujer. Quita lo de apolillado, Boris. Escribe en su lugar vetusto. Continúa: ambos mantenemos la fe, lo cual es muy bonito, sobre todo entre nosotros los Cainitas. Muchos de nuestros compañeros se creen que hay algún tipo de incompatibilidad entre nuestro estado de no-vida y la espiritualidad, pero yo siempre he sostenido que se puede asesinar a montones de míseros mortales chupándoles la sangre y ser una bellísima persona, devota como la que más, al mismo tiempo.
¿Lo estás escribiendo todo bien, Boris? Así me gusta. Continúa. Aún no he tenido la oportunidad, mi querido Jaroslav, de visitar vuestro bonito pueblo de Bistriz. Estoy segura de que ha mejorado mucho desde que habéis tomado el mandato; los viajeros dicen que ya apenas hay piras humeantes y que ya casi no se ve a nadie cazando ratas para comérselas en Nochebuena. Bien hecho. Esto es lo que hacía falta: un gobernante recto, de la Camarilla, impartiendo justicia y guantazos a diestro y siniestro. Como yo misma, aunque en mi caso lo hago mejor que vos y no ando por ahí espada en ristre, salvo para retratos ceremoniales como el que os envío junto a esta carta. Para ensuciarse las manos está mi buen Azote, el Tremere Svatopluco, que hace su labor divinamente, casi sin quemar nada. Últimamente se aburre un poco. Desde que en Alba Iulia tenemos al Anarquismo virtualmente aplastado no hay demasiadas cosas que hacer para un Azote. Cuéntale lo de nuestro último anarquista, Boris, seguro que le sirve de inspiración a ese señor. Svatopluco cazó a nuestro último rebelde allá por marzo. Le interrogamos al modo moderno, muy humanamente, sin apenas clavarle hierros al rojo por el culo. Luego Svatopluco le aplicó uno de sus conjuros y le momificó, miniaturizándolo hasta el tamaño de un llavero. Por desgracia, Svatopluco se dejó al anarquista por descuido encima de la mesa y cuando quisimos darnos cuenta el gato se lo había comido. Una pena.
Por lo demás, mi ciudad sigue prosperando y haciéndose cada día más espléndida y poderosa, como corresponde al lugar de residencia de una Princesa Ventrue como yo. Si quitamos los pequeños detalles de la hambruna por la sequía de verano, las seis o siete razzias otomanas quemando nuestros campos, el par de brotes de peste que hemos tenido, el incendio de agosto y la lluvia de granizos del tamaño de aguacates del pasado otoño, todo está yendo a pedir de boca. Hemos instalado aquí en Alba Iulia un Elíseo estupendo, todo lleno de gente bien vestida, con un par de fuentes, mucho Pladur y estatuas de dálmatas en cerámica de Talavera de la Reina. Un sitio de muchísimo standing. Casi no parece un puticlub. Tenéis que venir a visitarlo. El responsable del Elíseo es un Toreador majísimo, Amancio. Un hombre encantador: por Reyes, siempre me regala bragas. Su único defecto es que es un pesado de tomo y lomo. Todas las noches a las diez, como un reloj, se planta en mi Palacio y toca a la puerta con los nudillos, preguntando si he visto a Florin. Que noooo, hombre, que nooo. Que no le he visto, anda ya, vete a cagar al campo. Este tipo no se entera de nada.
Explícale a este señor lo de Florin, Boris, que a mí me da pereza. Florin es un señor de unos dos metros y pico de altura, que va siempre por ahí con un hacha horrorosa y llena de mugre. Solía trabajar para mí como verdugo, así que puede decirse que sigue siendo uno de mis siervos, aunque hace mucho tiempo que no le veo. La profesión de verdugo es una muy respetada, muy útil. Cumple una función social. Lo que pasa es que lo de verdugar, ¿se dice así, Boris? Bueno, lo de matar a la gente cortándoles la cabeza sobre un tronco con hacha, como si estuvieras haciendo chuletas, ya está un poco demodé. Ahora lo que se lleva es la hoguera, que es mucho más higiénica, dónde vamos a parar, aunque yo nunca voy porque el fuego me da un poco de miedo y además odio que la ceniza se me meta en el pelo. Luego no hay quien la saque, ni usando jabón del Lagarto. En fin, que si veis a un señor de dos metros con un hacha zarrapastrosa no dudéis en decírmelo, a ver si Amancio se calla de una vez. Qué tipo más cansino.
Ya no se me ocurre nada más que decirle, Boris, ¿puedes por favor despedirte tú de él con alguna frase amable? Yo voy a ver si me echo una siesta. ¡Qué duro es gobernar!
Me despido de Vos, mi buen Príncipe a la par que amigo, deseándoos lo mejor en estas bonitas fiestas a Vos, a vuestra encantadora esposa, a la que me saludáis de mi parte, y a vuestros lustrosos hijos supervivientes. Siempre vuestra,
Esmerelda von Fustenbergo,
Princesa Todopoderosa de Alba Iulia

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