Y entonces una noche, hablando de aqueste y otros temas a la hora de la cena, el buen cura fray Virgiliu comentóles a sus patronas que la única solución para terminar con las plagas era ¡la excomunión de las bestias! Vía el camino que marca la Santa Madre Iglesia, claro está. Y hete aquí que al oír estas palabra a la magistra Zoltana iluminósele una idea… usar la devoción del cura y la sabiudría de Bianka como envenenatriz para obrar el milagro. Eliminando a las ratas con las yerbas que Bianka conociere, el buen cura sería aclamado como un obrador de milagros, deviniendo asín en una futura figura influyente en el pueblo.
Asín que poniéndose manos a la obra, Bianka dedicóse durante cuarenta noches a recolectar aquesta planta, preparando una pasta de harina de cebada con eléboro negro, hasta tener suficiente para colocar unos buenos puñados estratégicamente colocados por toda la ciudad, pero especialmente por la región norte, dominio absoluto las ratas. En tanto, el cura fray Virgilu acercóse a comentar a Fray Paulino, arcipreste de San Bartolomé y guía espiritual del Conde Lánzsér, que iba a actuar contra las ratas en nombre de Dios Nuestro Señor. La Virgen, purísima señora, habíasele aparecido en sueños, igual que a Santa Agnes de Cracovia, para que encomendarle que, merced a inefable intercesión, excomulgara o excomulgase a las ratas, inmundas alimañas siervas del mesmésimo Belcebú, de la zona, asín defediendo a la ciudad de las hordas del infierno. “Deus vult”, dijo el cura a Fray Paulino al revelarle que era él, siervo de Dios y de humilde cuna, el enviado por la propia Madre de Nuestro Señor para librar la ciudad Schäßburg del mal y protegerla de las ratas y de sus furiosos mordiscos. "Asín", insistió, "el Conde nuestro señor feudal podrá regir tranquilo como gobernante de la ciudad, Dios quiera que muchos años". Fray Paulino miróle con no poco escepticismo durante su discurso, escuchando en las palabras del ignorante Virgiliu los ecos de la herejía, pues ¿no le correspondía sino al Sínodo de Roma decidir quién recibía o no recados de la Virgen, Blanca Paloma? Si se creyeran todas las afirmaciones acerca de aparaciones marianas a lo largo y ancho de la Cristiandad, ¿no conduciría eso a la disensión y la herejía, como tantas otras veces en el pasado? Tentado se halló de dirigirse al obispo para denunciar el desmesurado hibris de ese cura de poca monta. Pero por otra parte uno de sus monaguillos acabada de ser mordido esa misma tarde por una rata y hallábase en estos momentos presa de unas fuertes fiebres. Ablandóse pues Fray Paulino: ¿qué mal podía hacer que un cura recitara oraciones por todo el pueblo para acabar con el mal? Nada malo al fin y al cabo. los caminos del señor son inescrutables, así que cabía la (pequeña) posibilidad de que fuera cierto que Dios nos enviaba un campeón contra el maligno. O, si como se temía Fray Paulino, nada ocurría, quedaría probada la desfachatez del desgraciado Virgiliu. Así que, tras larga meditación, dióle pues su bendición, esperando lo mejor para todos.
Aconteció entonces que, una vez fabricada la comida letal para las ratas, fue pasando el sacerdote, calle por calle y puerta por puerta, durante todo el día, rezando breves oraciones y haciendo el ritual. Se encargó de que toda la gente que podía le viera y participara diciendo “amén” y santiguándose en determinados momentos. De aquesta manera el cura intentaba tranquilizar a los pobres ciudadanos, aunque llevaban mucha penuria y albergaban poca esperanza. Por otro lado, el veneno fue dispersado por donde mejor se pudiera acabar con las ratas. Se depositó la mayoría en la región norte de la ciudad, donde las ratas tenían su dominio, pero dejando también algo al sur del muro, por si acaso. Ya solo quedaba esperar que el plan surtiera efecto y las ratas fueran a buscar alimento. Y sin saberlo ni los pobres aldeanos ni los venerables curas, las señoras Bianka, Dana y Zoltana permanecieron juntas, escondidas, esperando ansiosamente para ver los efectos de la trampa. Era posible, pensaron, que tras la caída de las ratas el Señor de los Gatos diera un golpe definitivo, o que el Señor de las Ratas saliera (o saliese) de su guarida para dar un golpe de su propia mano. El grupo estaba expectante ante el cambio en esta guerra, la cual estaban decididas a ponerle un punto y final.
Empero nada nuevo aconteció. De nuevo, y pese a la indudable fe que el populacho había puesto en sus oraciones y en la devoción a la Forma consagrada de Nuestro Señor, las ratas no se acercaron a probar la comida envenenada, de la misma forma que no lo habían hecho con ninguno de los venenos que durante los últimos años los habitantes de la ciudad, algunos de ellos también grandes conocedores de yerbas, bálsamos, afeites y ungüentos de probada eficacia, habían probado. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez?, pensaron los desencantados ciudadanos, de la misma forma que lo había ya pensado Fray Paulino, el sabio. Quedáronse sin tocar los cuencos de toxina, salvo algunos que aparecieron a la mañana siguiente rodeados de los cadáveres de algunos pájaros del campo que, incautos, habíanse avecinado a tan suculenta manduca.
Y fue así como Fray Virgiliu cayó en desgracia, convirtióse en el objeto de la befa, mofa y escarnio (y también de algún que otro castañazo) por parte de los conciudadanos, hartos de escuchar promesas incumplidas en lo tocante a las infestaciones de animales, y fue fulminantemente expulsado de su parroquia, despojado de sus hábitos, desposeído de sus prebendas sacerdotales, y aventuran algunos que hubiera (o hubiese) muerto en la hoguera, por hereje, de no haber escapado de la ciudad al abrigo de la noche.
Aconteció entonces que, una vez fabricada la comida letal para las ratas, fue pasando el sacerdote, calle por calle y puerta por puerta, durante todo el día, rezando breves oraciones y haciendo el ritual. Se encargó de que toda la gente que podía le viera y participara diciendo “amén” y santiguándose en determinados momentos. De aquesta manera el cura intentaba tranquilizar a los pobres ciudadanos, aunque llevaban mucha penuria y albergaban poca esperanza. Por otro lado, el veneno fue dispersado por donde mejor se pudiera acabar con las ratas. Se depositó la mayoría en la región norte de la ciudad, donde las ratas tenían su dominio, pero dejando también algo al sur del muro, por si acaso. Ya solo quedaba esperar que el plan surtiera efecto y las ratas fueran a buscar alimento. Y sin saberlo ni los pobres aldeanos ni los venerables curas, las señoras Bianka, Dana y Zoltana permanecieron juntas, escondidas, esperando ansiosamente para ver los efectos de la trampa. Era posible, pensaron, que tras la caída de las ratas el Señor de los Gatos diera un golpe definitivo, o que el Señor de las Ratas saliera (o saliese) de su guarida para dar un golpe de su propia mano. El grupo estaba expectante ante el cambio en esta guerra, la cual estaban decididas a ponerle un punto y final.
Empero nada nuevo aconteció. De nuevo, y pese a la indudable fe que el populacho había puesto en sus oraciones y en la devoción a la Forma consagrada de Nuestro Señor, las ratas no se acercaron a probar la comida envenenada, de la misma forma que no lo habían hecho con ninguno de los venenos que durante los últimos años los habitantes de la ciudad, algunos de ellos también grandes conocedores de yerbas, bálsamos, afeites y ungüentos de probada eficacia, habían probado. ¿Por qué iba a ser diferente esta vez?, pensaron los desencantados ciudadanos, de la misma forma que lo había ya pensado Fray Paulino, el sabio. Quedáronse sin tocar los cuencos de toxina, salvo algunos que aparecieron a la mañana siguiente rodeados de los cadáveres de algunos pájaros del campo que, incautos, habíanse avecinado a tan suculenta manduca.
Y fue así como Fray Virgiliu cayó en desgracia, convirtióse en el objeto de la befa, mofa y escarnio (y también de algún que otro castañazo) por parte de los conciudadanos, hartos de escuchar promesas incumplidas en lo tocante a las infestaciones de animales, y fue fulminantemente expulsado de su parroquia, despojado de sus hábitos, desposeído de sus prebendas sacerdotales, y aventuran algunos que hubiera (o hubiese) muerto en la hoguera, por hereje, de no haber escapado de la ciudad al abrigo de la noche.

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