miércoles, 7 de marzo de 2018

Schäßburg

La ciudad de Schäßburg se alza en el antiguo emplazamiento del Castrum Sex, un campamento militar romano desaparecido ya hace tiempo. Antes de la llegada de los sajones había aquí solo un par de diminutas aldeas, pero desde su fundación actual hace unos sesenta años la población se fue convertiendo en una pequeña, aunque triste, ciudad amurallada con su castillo, varias torres, iglesias, un mercado y una sinagoga.

Antes de 1193

Antes del incendio de 1193 la ciudad se extiendía al sur del río Târnava Mare (Maros), y estaba dividida entre la "ciudad vieja" y la "ciudad nueva" (aunque ambas se llevaban pocos años de diferencia) por un muro interno, llamada muralla de Géza II. Aunque los lugareños daban como explicación para la existencia de ese muro el crecimiento mayor de lo esperado de la ciudad, la verdadera razón se hallaba en un intento (no muy exitoso) de separar las hordas de ratas de la Ciudad Vieja de los salvajes gatos de la Ciudad Nueva. Entre ambas zonas se abría una puerta amurallada, la de Géza II, que por la noche se mantienía cerrada. También sobre la muralla interna se encontraba el pequeño fortín de los caballeros de la Orden Teutónica, llegados a la ciudad hace apenas cuatro años. Desde la entrada principal de la ciudad, llamada la Puerta de Bronce (al este), se podía acceder tanto a la Ciudad Nueva como a la Vieja.

En la Ciudad Vieja se encontraba el castillo, pequeño pero robusto, así como un par de iglesias (San Adrián y San Bartolomé), la Taberna del Grillo y la plaza del mercado. También se encontraba aquí el cementerio. Al norte, junto al río, se alzaba la Gran Torre, una construcción de cincuenta metros, muy alta para la época, desde la que se dominaba las regiones circundantes.

La Ciudad Nueva tenía su propia puerta al exterior (la puerta de Béla II) y una iglesia (Santa Ágata). La Posada de Cangrejo era relativamente grande y tenía habitaciones para los  escasos viajeros que se pernoctaban en la ciudad. En el extremo sur, y separado del resto de la ciudad por su propio muro, se encontraba el ghetto judío. Al sur de la ciudad se abrían campos de cultivo, explotaciones de madera y un puñado de granjas. Al este había un pequeño embarcadero y una pequeña isla con dos molinos y una diminuta ermita.

La ciudad, antes del incendio de 1193

Durante años la ciudad sufrió los estragos de repetidas invasiones de hordas de ratas y gatos rabiosos, que aterrorizaban la ciudad. El motivo oculto de estas infestaciones animales era la guerra encubierta entre dos poderosos Antiguos rivales, que se atacaban el uno al otros sin cesar a través de su dominio del Animalismo. Ambos Cainitas estaban muy igualados en dominio sobre las bestias, por lo que la guerra se prolongó durante años sin que ninguno de los dos bandos obtuviera ventaja, y causando estragos entre la población mortal. Todo esto acabó con el gran incendio de 1193.

El gran incendio de 1193

En una calurosa mañana de verano, de forma súbita, un potente incendio se extendió por la ciudad desde varios focos simultáneos, lo que da origen a la teoría de que el incendio fue provocado deliberadamente (los Cainitas de la zona saben que efectivamente así fue: la instigadora del incendio fue la Tzimisce Sherazina, en un intento exitoso por eliminar o ahuyentar a los Antiguos causantes de las invasiones de ratas y gatos). Bajo el viento caluroso del día, y mientras muchos de los habitantes de la ciudad estaban en los campos realizando las labores de cosecha, el fuego se extendió más rápidamente de lo que nadie pudo contener, arrasando gran parte de la ciudad, causando al menos un centenar de muertes directas y un número indeterminado de ellas en la hambruna y miseria que siguió a la casi destrucción de la ciudad.

Durante el incendio gran parte de los edificios y estructuras descritos anteriormente han quedado destruidos. Solo siguieron en pie parte de la muralla, la Gran Torre, aunque tan carcomida y endeble que nadie se ha atrevido a poner el pie en sus escaleras desde entonces, buena parte de la judería y algunas casas dispersas. La mayor destrucción se concentró en donde se alzaba el Castillo, que ardió hasta los cimientos e incluso bajo sus cloacas y alcantarillas (lo que da a los entendidos en la materia razones suficientes para sospechar del uso del temible Fuego Griego bizantino).

Después de 1193

Tras el incendio, los supervivientes cristianos de la ciudad se agruparon en torno a lo que quedaba de la iglesia de San Bartolomé, donde los sacerdotes al mando del Arcipreste Fray Paulino de Antequera hicieron una gran labor de atender a los heridos y cuidar a los enfermos. Los cristianos miraron a su iglesia y sus monjes con renovada devoción, tanto por el hecho de que San Bartolomé se hubiera librado de las llamas  como por la ayuda de los curas y el carisma fanático del arcipreste. Los judíos, por su parte, se enclaustraron aún más en la judería. Muchos, deduciendo a partir de los indicios que el incendio había sido provocado, culpabilizaron a los judíos de lo sucedido. Hubo varios episodios de violencia contra judíos, lo que llevó a que éstos reforzaran sus muros. En pocos años, el barrio judío se convirtión en uno de los primeros ghettos de la Europa Oriental. En este clima de fervor religioso y odio por causa de la fe, la influencia de San Bartolomé creció rápidamente. Anexos a la antigua y parcialmente destruida iglesia se crearon dos grandes instituciones monásticas, el monasterio de San Bartolomé (dirigido por el propio Arcipreste Paulino)  y el Convento de las Hermanas Destruccianas de Santa Fermina de Poggibonsi. La influencia de estos centros de vida monacal se extendió sobre la ciudad en reconstrucción con gran fuerza, hasta el punto de que de los dos estamentos privilegiados, nobleza y clero, fue el segundo el que dominaba la vida pública de Schäßburg. Fray Paulino de Antequera, fanático religioso y confeso enemigo de toda herejía, instauró un clima de terror en el que se hizo la vida muy difícil para los judíos, cristianos orientales y musulmanes, a quienes consideraba ovejas descarriadas e inferiores, y se encargó personalmente de perseguir y exterminar (en la hoguera, normalmente) todo vestigio de las antiguas religiones paganas de la región, así como a maniqueos, arrianistas, monofisistas, iconoclastas, cátaros y albigenses, fraticelos, joaquinitas, estajanovistas, valdenses, pastafarianos, adamistas, paulicianos y más gentes de mal vivir.  A todos ellos, junto con brujas, hechiceros, adivinos, curanderos, vampiros, lobisomes, poseídos, embrujados, hemorroísas, leprosos, afectados del baile de San Vito, espasmódicos, zurdos, sodomitas, matemáticos, lampofixinas, quimeras, arúspices, eremitas, lamias, falsos profetas, gitanos, cinocéfalos, melusinas, koldunes, lunáticos, enanos, hadas, súcubos, endemoniados, basiliscos, librepensadores, pitonisas, estriges, necrófagos, apariciones y demás condenados, Fray Paulino y sus sacerdotes se encargaban de arrojar a las llamas, en uno de los primeros y más espantosos precursores de lo que se convertiría en la Inquisición unos siglos más tarde. Fray Paulino, anciano longevo y de vigor prácticamente inagotable (hechos que acrecentaban el fervor religioso de sus seguidores) predicaba contra el lujo, el lucro, la depravación de los poderosos, la corrupción, la idolatría, el adulterio, la higiene, la concupiscencia, la molicie, la risa, la coquetería, la gula, la incontinencia, el nepotismo, la desobediencia, la música, el egoísmo, la fornicación, el bestialismo, los aquelarres, la blasfemia, el juego, la pereza, las mujeres, la mística, la primavera, la pobreza, la violencia, el pacifismo, la envidia y las coliflores, que le daban gases.

En todo este proceso de instaurar una teocracia del terror, Fray Paulino encontró firme aliada en Sor Teófila, abadesa del convento de las Destruccianas. Las Hermanas Destruccianas era una orden religiosa menor fundada en el siglo IX por la pirómana y santa italiana Fermina de Poggibonsi, cuyo particular carisma consistió en el de la prédica a través del destrozo. Santa Fermina, y por ende la Orden por ella fundada, comprendían que el Diablo opera a través del mundo material, por lo cual una forma particularmente válida para combatir al demonio consistía en desintegrar los bienes, tanto muebles como inmuebles. Tras una serie de pequeñas diferencias de opinión con los enviados del Papa, a quienes las monjas habían quemado las sotanas, y que se saldaron con la decapitación de Santa Fermina y doce de sus principales acólitas, la Orden y la Iglesia de Occidente llegaron a un acuerdo de paz según el cual Roma santificaría a la fundadora y reconocería la Orden, y a cambio las Destruccianas se encargarían de pulverizar cualquier libro no sacro que cayera en sus manos. "Ningún ser de la creación aparte del Hombre lee libros", decía santa Fermina, "de lo que se deduce que leer es antinatural". Las Destruccianas se tomaban muy en serio su divino cometido, arrasando bibliotecas y librerías a lo largo y ancho de la Cristiandad. Bajo la égida de Sor Teófila, Schäßburg se llenó de carteles que decían:

PROHIBIDO LEER
Si está leyendo esto, sepa que es usted un pecador y que arderá en los Infiernos, o antes si nosotras le pillamos primero

Sor Teófila, monja revenida
La reconstrucción de la ciudad de Schäßburg tuvo lugar en torno al monasterio y el convento. Todo estaba influido por el temor de Dios: la vida cotidiana, las decisiones de la nobleza, el urbanismo (según la regla benedictina) e incluso la actividad comercial. La única taberna y posada de la ciudad siete años tras el incendio fue bautizada como "La Santa Morada", y en ella estaba prohibida la venta de bebidas alcohólicas o no alcohólicas, el juego, la música, las peleas, la prostitución, la conversación y la venta de cualquier producto de alimentación que contuviera coliflor.  Aunque tras la caída del sol las costumbres se relajaban un poco y al tabernero se le permitía vender cerveza y vino (rebajado con agua del río), y organizar peleas de gallos, siempre y cuando las putas les hicieran un descuento del 45% a los miembros de clero que solicitaran sus servicios.

El tercer pilar que fundamentaba la vida religiosa de la ciudad fue la orden de sacerdotes-guerreros de los Caballeros Teutónicos. Ya presentes en la ciudad antes del incendio, los teutónicos fueron la única fuerza militar que protegió a los supervivientes del desastre durante el duro invierno de 1194. En recompensa y como parte de su política de colonización y consolidación de la frontera transilvana, el Rey de Hungría concedió a los Caballeros Teutónicos el gobierno de la ciudad. Los teutónicos han decidido no tocar las ruinas del antiguo castillo, por considerar poco seguro un lugar tan propenso a los fuegos explosivos, y en su lugar están reedificando y expandiendo su fortaleza con el objetivo de convertirla en un verdadero castillo. Al mismo tiempo supervisan la reconstrucción de las murallas de Schäßburg. El komtur de la guarnición, Adalard de Gotinga, es un hombre recto y pío, que proyecta un aura de fe inconfundible. Fray Paulino de Antequera y Adalard de Gotinga se detestan mutuamente con un brío inusitado. Los teutónicos, protegidos por la Iglesia y por el rey, establecen las normas cívicas al margen de San Bartolomé, lo que irrita enormemente al fraile español; Adalard, por su parte, es capaz de ver la ambición y el fanatismo tras la fachada de rectitud de Fray Paulino, a quien desprecia. Sin embargo, y no deseando añadir una guerra civil a las desgracias de Schäßburg, el teutónico procura dejar en paz al monje hispano y sus muchos seguidores.

Eclipsados por la enorme influencia del estamento clerical en la ciudad, la nobleza ocupa un discreto segundo lugar en la vida de la ciudad. Los nobles szlekers de la ciudad quedaron diezmados en el incendio, pero muchos otros se encontraban en sus residencias del campo en el momento del desastre y siguen ostentando sus títulos y sus prerrogativas sobre las tierras de cultivo que alimentan la ciudad. El más poderoso de ellos es el conde Szabó Kőszegi, sobre cuyas tierras se alza Schäßburg, y que por tanto cobra tributo de la ciudad. Sus soldados son libres de entrar en la ciudad cuando y como quieran. La nobleza sajona también ha ido asentándose durante los últimos años, siendo tal vez su miembro más prominente Chlothar Laufreyson, apodado "el Feo" por su desfigurado aspecto tan alejado del cánon de belleza imperante en Transilvania a principios del siglo XIII (según el cual las cualidades más atrayentes en un varón eran: pelo moreno, como el de los reyes magiares; barriga y triple papada, que demostraban riqueza y buena alimentación; brazos y nalgas flácidos, indicando la falta de necesidad de trabajar, y dientes de un saludable color marrón, a consecuencia de mascar regaliz a todas horas). Laufreyson encabezaba un pequeño grupo de nobles menores emigrados desde Alemania, hijos pequeños de familias venidas a menos que heredaban un título pero ni un solo frijji (a la sazón, moneda sajona de uso corriente en las Siebenburgen).

Finalmente, y al final de escalafón, el estamento más bajo y mayoritario, los campesinos (incluyendo en dicha categoría a artesanos y comerciantes), no tenían ningún tipo de influencia ni poder. aunque algunos sí contaban con cierta fama y respeto. Tal era el caso de Vasile, el molinero, o de Flaubercio, el posadero de "La Santa Morada", o de doña Edviga, matriarca de una extensa familia, cuya receta de pisto valaco era codiciada por todas las mujeres casadas de la ciudad.


  • Población (en el año 1200): 873 personas (42% rumanos, 30% sajones, 17% húngaros magiares, 4% húngaros szeklers,  5% rusos, 2% de otras nacionalidades), de los cuales: 82 monjes de San Bartolomé, 39 monjas Destruccianas, 55 caballeros de la Orden Teutónica. 
  • Señor feudal: técnicamente, el komtur Adalard de Gotinga. La ciudad paga tributo al conde Szabó Kőszegi, señor feudal de la comarca. Fray Paulino de Antequera y Sor Teófila ejercen una gran influencia moral pero no ostentan ningún poder civil ni militar.
  • Príncipe: Dana, del Clan Tzimisce (1193-)
  • Elíseo: no existe. 
  • Otros cainitas: Bianka, del clan Tzimisce. Ocasionalmente, la magistra Zoltána.  

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