1204
¡Arde Constantinopla! Toda la Cristiandad tiembla mientras la orgullosa ciudad, capital durante casi un milenio del imperio más poderoso de la historia, se hunde en el caos al tiempo que las fuerzas invasoras masacran a sus ciudadanos, violan a sus mujeres y saquean sus innumerables tesoros. Según relata Nicetas Coniates sobre la profanación de la basílica de Santa Sofía:
"Destrozaron las santas imágenes y arrojaron las sagradas reliquias de los mártires a lugares que me avergüenza mencionar, esparciendo por doquier el cuerpo y la sangre del Salvador [...] En cuanto a la profanación de la Gran Iglesia, destruyeron el altar mayor y repartieron los trozos entre ellos [...] E introdujeron caballos y mulas a la iglesia para poder llevarse mejor los recipientes sagrados, el púlpito, las puertas y todo el mobiliario que encontraban; y cuando algunas de estas bestias se resbalaban y caían, las atravesaban con sus espadas, ensuciando la iglesia con su sangre y excrementos. Una vulgar ramera fue entronizada en la silla del patriarca para lanzar insultos a Jesucristo y cantaba canciones obscenas y bailaba inmodestamente en el lugar sagrado [...] Tampoco mostraron misericordia con las matronas virtuosas, las doncellas inocentes e incluso las vírgenes consagradas a Dios."
¿Quién es el enemigo capaz de perpetrar tal sacrilegio? ¿Tal vez los sarracenos de Al-Adil, sultán de Egipto y hermano del terrible Saladino? ¿O los guerreros del sultanato turco selyúcida? No: son tropas cristianas, cruzados venidos de Francia y Alemania e Italia, junto con ávidos marineros venecianos, quienes se reparten el botín de la rica Bizancio. ¡Escándalo!
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| "Entrada de los cruzados en Constantinopla", imaginada más de seiscientos años después del suceso por Eugène Delacroix |
I. Falsas promesas, deudas, yernos taimados y cambios de planes
La Tercera Cruzada (1187-1191) no había dejado muy buen sabor de boca en Europa. Jerusalén seguía en manos mahometanas y, si bien el tratado entre Saladino y Ricardo Corazón de León teóricamente garantizaba el paso seguro de los peregrinos hacia Tierra Santa, eso no le parecía suficiente al Papa, Inocencio III, quien en 1198 empezó a predicar por una nueva Santa Cruzada. No le hicieron mucho caso: los estados alemenes estaban enfrentados al poder papal, Francia e Inglaterra estaban la mar de entretenidas destripándose la una a la otra, y en el Mditerráneo Venecia, Génova y el resto de repúblicas marítimas no dejaban de vigilarse la yugular las unas a las otras. Finalmente, sin embargo, la encendida oratoria de Fulco de Neuilly acabó por chamuscar los corazones de un número suficiente de nobles, que formaron un apuesto y caballeroso ejército encabezado por el conde Teobaldo de Champaña, y del que también formaban parte los vasallos de Balduino VI, conde de Flandes, y de su hermano Enrique; de Luis, conde de Blois, de Godofredo III de La Perche, de Simón IV de Montfort, de Enguerrando de Boves, de Reinaldo de Dampierre y de Godofredo de Villehardouin, entre otros muchos señores del norte de Francia y de los Países Bajos. Más tarde se añadieron a la empresa algunos caballeros alemanes y varios nobles del norte de Italia, como Bonifacio, marqués de Monferrato. En los corazones de tan nobles señores sólo alumbraba una idea: la de una luminosa y pacífica Tierra Santa cristiana. Así que, unidos todos por el ansia de paz y amor, marcharon a la guerra.
Primer problema: con la consabida inestabilidad balcánica (los tiempos no cambian tanto, después de todo), llegar a Tierra Santa a través del continente se preveía prácticamente imposible. Mucho mejor y más rápido sería atacar a los moros por mar. Se decidió pues desembarcar en Egipto, a la sazón núcleo de poder de la dinastía de Saladino, y desde allí avanzar gloriosamente hacia Jerusalén.
Segundo problema: los cruzados no tenían barcos. Las repúblicas marinas, sin embargo, disponían de ellos en abundancia. Se enviaron mensajeros a Génova, Venecia, Amalfi y Pisa. Finalmente se llegó a un acuerdo con Venecia en abril de 1201, por el cual la República se encargaba del transporte hasta Egipto de un ejército de 33500 cruzados (junto con 4500 caballos), a cambio de 85000 marcos de plata. Llegados a este sensato acuerdo, los cruzados marcharon hacia Venecia, pero al llegar allí se dieron cuenta de que contaban con bastantes menos hombres de los previstos: muchos de los santos cruzados que se habían comprometido firmemente a marchar por el bien de los ideales cristianos se habían entretenido en el camino, despistándose en menesteres tales como enredarse en intrigas políticas, desfacer entuertos, preñar doncellas y, por supuesto, matarse unos a otros, deporte muy celebrado en la época.
Tercer problema: llegado el momento de pagar a los venecianos, que como taimados comerciantes que eran exigían pago por adelantado, y habiéndose decidido previamente los nobles pagar la cruzada a pachas, se encontraron que al encontrarse en Venecia muchos menos cruzados de los previstos, no llegaban ni de lejos a la cifra de 85000 marcos, por mucho que se rascaran los bolsillos y buscaran céntimos caídos de los pantalones entre los resquicios del sofá. Los venecianos se negaron a transportar a los cruzados, y estos tuvieron que acampar por casi un año en la isla de San Nicolás de Lido. Allí aprendieron a manejar góndolas, a ponerse camisas de rayas para cantar canciones absurdas, y a timar a los turistas de forma descarada.
Pero Bonifacio de Monferrato, también portador de los genes liantes y negociadores itálicos, sabía que los venecianos ambicionaban recuperar la ciudad croata de Zara, que años antes habían perdido ante el rey húngaro Emerico (en realidad, no la habían perdido: toda la Croacia y la Dalmacia les habían sido otrorgadas a los reyes húngaros por una herencia, pero esos detallitos rara vez importan en asuntos de estado). La propuesta de Bonifacio a los venecianos fue permitir el aplazamiento del pago de la cantidad que se les adeudaba a cambio de que los cruzados los ayudasen a conquistar Zara y los territorios aledaños. Todos contentos y satisfechos, se embarcaron hacia la santidad, pero con esa paradita previa para conquistar cosas a unos para dárselas a otros. En 1202 los cruzados y los venecianos tomaron Zara, matando mucho a un número respetable cristianos que estaban en el lugar y bando equivocado. Esto le sentó mal al Papa, quien procedió rápidamente a excomulgar a venecianos y cruzados por igual. Luego se lo pensó mejor, razonando que si los cruzados dejaban de ser santos igual no le conquistaban Jerusalén, de modo que en un inesperado giro de los acontecimientos emitió una nueva bula (re-bula, post-bula o mandi-bula, en dialecto provenzal) re-comulgando (ex-excomulgando) a los cruzados, pero no a los venecianos, que permanecieron excomulgados una temporada sin que nadie perdiera el sueño especialmente por ello.
Mientras el ex-excomulgado ejército cruzado invernaba en Zara (sección de lencería), llegó un mensajero de Felipe de Suabia portando una oferta del pretendiente al trono bizantino, Alejo (Alexios). Si el ejército cruzado se desviaba hasta Constantinopla y le ayudaba a reconquistar su trono, Alejo no solo estaba dispuesto a garantizar el pago de la deuda que los cruzados habían contraído con Venecia, sino que además se comprometía a aportar a la cruzada un contingente de 10000 soldados, así como fondos y provisiones para emprender la conquista de Egipto. También les prometió un completo juego de sartenes, una cubertería fina, un apartamento en primera línea de playa en Torrevieja y una suscripción anual al Marca si los cruzados no rompían mucho el palacio imperial. Algunos cruzados, se ve que los más cerrados de mollera, se inquietaron ante esta propuesta, no entendiendo qué hacía una cruzada contra los musulmanes inmiscuyéndose en asuntos internos de un imperio cristiano, pero a la mayoría más inteligente ésta les pareció una idea estupenda, por lo que la Cruzada se permitió un nuevo desvío, si a nadie le molestaba, y se plantó (dejando un lustroso rastro de sangre y cuerpos en descomposición) frente a las puertas de Constantinopla en 1203.
Creyendo inminente la caída de la ciudad, el emperador Alejo III (no confundir con el Alejo que había pedido ayuda a los cruzados) decidió despedirse a la brizantina, llevándose consigo a su hija favorita (a las menos favoritas las dejó diciéndoles que bajaba al estanco a por tabaco) y una bolsa llena de piedras preciosas, y se refugió en la ciudad tracia de Mosinópolis. Los dignatarios imperiales, para resolver la situación, sacaron de la cárcel al depuesto emperador Isaac II Ángelo, padre de Alejo (el de los cruzados, no el otro), y lo restauraron en el trono. Tras unos días de negociaciones, llegaron a un acuerdo con los cruzados por el cual Isaac y Alejo serían nombrados co-emperadores. Alejo IV fue coronado el 1 de agosto de 1203 en la iglesia de Santa Sofía. A Isaac II le convalidaron la coronación que había tenido en 1185.
Cuarto problema: por lo visto, el mayor sorprendido por todo este asunto fue el propio Alejo (no el depuesto Alejo III, sino el Alejo de los cruzados ex-excomulgados, ahora llamado Alejo IV), quien cuando se había ofrecido a negociar con los cruzados no daba un duro por su causa y les había prometido el oro y el moro sin ton ni son, por si sonaba la flauta. En realidad, Alejo no podía ni pagar a los venecianos, ni aportar los 10000 soldados prometidos, ni nada de eso. En sus bolsillos tenía un bonobús caducado y un caramelo de menta sudado y manoseado, de esos a los que se les pega el papel y no hay quien los desenvuelva. El nuevo co-emperador se vio obligado a recaudar nuevos impuestos, medida típicamente socialimperócrata que por algún motivo siempre resulta impopular. Se había comprometido también a conseguir que el clero ortodoxo aceptase la supremacía de Roma y adoptase el rito latino, pero para su sorpresa encontró que a la gente no le apetecía cambiarse de religión y se topó con fuerte resistencia. Tuvo entonces la genial idea de llevar a los vencianos a los sancti santorum de los templos bizantinos, forrados de oro y piedras preciosas, para confiscar algunos objetos eclesiásticos con los que pagar la deuda. Pero no confiscó lo suficiente. A los venecianos se les hicieron los ojos chirivitas, y a los sacerdotes ortodoxos les molestó un poco que les expoliaran sus joyas, que al parecer tenían un gran valor sentimental.
Quinto problema: entre que les subían los impuestos, les obligaban a cambiarse de religión (con el esfuerzo que supone olvidarse de las oraciones en griego y aprenderse unas nuevas que dicen exactamente lo mismo, pero en latín) y que les robaban las reliquias, a los bizantinos no les hicieron mucha gracia sus co-emperadores. Se montó una buena résistance, liderada por un tal Alejo, yerno de Alejo (III) y enemigo jurado de Alejo (IV). Alejo era en aquel entonces lo que Manolo es hoy en día. En enero de 1204 se lió un tumulto de agárrate y no te menees, sin grandes consecuencias, pero que sirvió de toque de atención a los poderosos. En febrero, los cruzados dieron un ultimátum a Alejo (IV), quien se confesó impotente para cumplir sus promesas. Estalló una sublevación que, tras algunas vicisitudes, entronizó a Alejo (V), el yernísimo. Alejo (IV) fue estrangulado en una mazmorra, en parte porque los cruzados se perdían un poco con tanto Alejo y querían simplificar algo las cosas, y su padre Isaac II murió poco después en la misma prisión en la que había pasado tan buenos momentos entre sus dos reinados.
Sexto problema: el caso es que Alejo (V) pretendía restaurar la fe ortodoxa y se negaba a reconocer la supremacía latina, así que los cruzados decidieron volver a invadir otra vez la ciudad, si no era mucha molestia, y colocar a uno de ellos como emperador. Los venecianos, por su parte, estaban totalmente de acuerdo con lo primero, pero no con lo segundo. Querían un emperador veneciano. Tras intentar resolver el asunto entre ellos a la manera civilizada medieval, es decir, a tortazo limpio, las dos fuerzas invasoras llegaron a un acuerdo para establecer una tregua. Primero matarían a los bizantinos y luego ya se matarían entre ellos, si eso.
El seis de abril de 2104 los cruzados y los venecianos, amiguísimos, se lanzaron contra las murallas de Costantinopla. Cayeron como moscas bajo las flechas y las lanzas de los bizantinos. Pero seis días más tarde los supervivientes volvieron a la carga, logrando esta vez penetrar la muralla y prender fuego a la ciudad, que ardió como una hormiga puesta bajo una lupa al sol en un día de verano. Los cruzados y los venecianos entraron en la ciudad, o mejor dicho en lo que quedaba de ella. Alejo (V), viendo alejarse sus posibilidades de mantenerse en el trono, huyó a Mosinópolis, donde curiosamente un año antes se había refugiado su suegro, Alejo (III). No eran gente muy original, los Alejos. Los nobles ofrecieron la corona a Teodoro Láscaris, yerno también de Alejo (III), pero éste la rechazó (tal vez por no llamarse Alejo) y huyó a Asia con su familia, el patriarca de Constantinopla y varios miembros de la nobleza bizantina. Se estableció en Nicea, donde fundó el Imperio de Nicea, depositario de la legitimidad bizantina.
Ahora sí, ya sin resistencia, los cruzados y los venecianos podían dedicarse a sus tareas cristianas, arrasando, saqueando, asesinando y violando a placer durante varios días. Finalmente, a regañadientes ya que la Cruzada al final les había quedado divertidísima, se restableció el orden y se procedió a un reparto ordenado del botín según lo que se había pactado previamente: tres octavas partes para los cruzados, otras tres octavas para los venecianos y un cuarto para el futuro emperador. A pesar de las pretensiones de Bonifacio de Montferrato, el comité eligió emperador a Balduino IX de Flandes, primer monarca del Imperio latino. Los cruzados llamaron a este acontecimiento como Partitio terrarum imperii Romaniae (partición del Imperio romano de Oriente). Menos de la décima parte de los cruzados que habían salido de Europa llegaron finalmente a Tierra Santa, donde su labor se redujo a reforzar los reinos cristianos ya existentes en la zona.
Se calcula que un alto número de soldados sarracenos murieron de risa durante toda esta Cruzada, una de las más exitosas de la Cristiandad.
El saqueo de Constantinopla fue considerado uno de los grandes hits de la Edad Media, tema de conversación y de entretenimiento durante décadas e incluso siglos. Aunque tanto Roma como Francia y Venecia aplaudieron tibiamente el establecimiento de un imperio latino en Oriente (las críticas de Inocencio III contra los cruzados se acallaron misteriosamente cuando éstos empezaron a volver cargados de regalos de oro para la Santa Sede), para el conjunto de la Cristiandad ver caer un imperio de mil años (y a manos cristianas) supuso un impacto psicológico terrible, causando una crisis social y espiritual irreparable.
Venecia salió muy reforzada de la cruzada, anexionándose numerosos enclaves en el Egeo y la isla de Creta. Los cruzados establecieron en terreno conquistado una serie de reinos efímeros, como el Reino de Salónica (1204-1224), el Principado de Acaya, los Ducados de Naxos y de Atenas, etc. El imperio latino empezó su vida con una modesta serie de victorias militares, pero en pocas décadas se debilitaría y sería reabsorbido por el imperio niceno, que de alguna forma lograría reinstaurar el imperio bizantino hasta mediados del siglo XV, aunque ya sin la gloria y el esplendor del pasado. Los terrenos del Imperio que no fueron anexionados por los cruzados o los venecianos quedaron divididos en cuatro imperios menores: los ya mencionados imperios latino y de Nicea, el Imperio de Trebisonda que dominó las aguas del Mar Negro (fundado por descendientes del emperador Andrónico, y sí, uno de ellos se llamaba también Alejo) y el Despotado de Epiro. Los cuatro imperios se llevaron a matar entre sí, como era de esperar, y dedicaron todos sus esfuerzos a aniquilarse unos a otros, para deleite del Sultanato Selyúcida, cuyo poderío no dejaba de aumentar. Por el oeste, serbios y búlgaros se quitaron de encima el yugo militar y cultural bizantino, convirtiéndose rápidamente en imperios poderosos y agresivos y desestabilizando aún más la zona, si cabe.
Los principales protagonistas de toda esta lamentable historia (los variados Alejos supervivientes, el emperador Balduino, Bonifacio de Motferrato e incluso el Doge veneciano) pudieron disfrutar de cortas y violentas vidas, muriendo todos ellos en la guerra o bajo el puñal de un asesino a lo largo de los siguientes pocos años.
La Cuarta Cruzada está considerada como la última de las grandes cruzadas y el final de la (aparente) unidad de los reinos cristianos de occidente. A partir de este momento, sería muy raro ver cualquier tipo de cooperación entre naciones, y sólamente se convocaron cruzadas menores, parciales, abocadas a escandalosos fracasos por lo general, con pequeñas y efímeras excepciones.
Todas estas noticias llegan como algo lejana a la remota y atrasada Transilvania, a pesar de encontrarse situada a relativamente poca distancia a vuelo de pájaro. Durante los primeros años tras el saqueo de Constantinopla el rey de Hungría intenta reforzar sus fronteras con Bulgaria y Serbia, acelerando el esfuerzo de repoblación con más cartas de colonización para sajones y concediendo fortalezas y ciudades a los Caballeros Teutónicos.
Toda Europa empieza a llenarse de reliquias santas "rescatadas" del saqueo de Constantinopla, lo que provoca un auge del fervor religioso cristiano y la aparición de nuevas órdenes (y herejías). Ni que decir tiene que la inmensa mayoría de estas "reliquias" son falsificaciones hechas por timadores profesionales. En concreto, se rumorea insistentemente que una de las mayores reliquias cristianas, el cálice de San Juan Bautista (el real, no la copia que se encuentra en el valle de Tihuta) ha sido escondida en algún lugar de la Transilvania, aunque ninguno de los rumores apunta a una localización concreta.
Entre los años 1202 y 1203, fechas de la partida de la Cruzada y del sitio de Constantinopla respectivamente, el Mediterráneo queda prácticamente cerrado al comercio hacia Asia Menor que pasaba por manos bizantinas. Esto llevó a la necesidad de buscar rutas alternativas terrestres, y de repente los esfuerzos de Zoltana y Aldrich por reabrir la ruta ucraniana a través del Paso de Tihuta se vieron recompensados con un gran incremento de ingresos por tasas. Aun tras reabrirse las rutas marítimas tras el final del saqueo, la ruta terrestre continúa funcionando bastante bien, sobre todo por el interés del Imperio de Trebisonda por comerciar con Europa a través de sus puertos en Crimea. Aparte de los mercados habituales de tejidos, especias y extraños artículos orientales, uno de los negocios más lucrativos que atraviesan Tihuta es el de los esclavos. Gracias a la activación del comercio por esa ruta, por primera vez el Castillo de Tihuta empieza a ser una empresa claramente lucrativa, lo que permite acelerar notablemente la construcción del castillo y la opulencia de sus estancias. Por supuesto, una parte muy importante de los ingresos se los llevan el Príncipe Radu, patrón de la construcción del Castillo, y Zelios el constructor.
Entre el crecimiento económico, la aceleración de la colonización y el acantonamiento de tropas húngaro-teutónicas frente al Imperio Búlgaro, toda la zona experimenta un moderado crecimiento demográfico, aunque Transilvania continúa siendo una región fundamentalmente vacía y salvaje.
Como de costumbre, detrás de los movimientos mortales hay vampiros, y como de costumbre es difícil saber quiénes son esos vampiros y cuáles son sus objetivos. Por lo tanto, nos limitaremos aquí a enunciar los pocos hechos conocidos (o fuertemente rumoreados) que pueden conocer los personajes (o en algún caso, como nota de color, que puedan interesar a los jugadores)
Primer problema: con la consabida inestabilidad balcánica (los tiempos no cambian tanto, después de todo), llegar a Tierra Santa a través del continente se preveía prácticamente imposible. Mucho mejor y más rápido sería atacar a los moros por mar. Se decidió pues desembarcar en Egipto, a la sazón núcleo de poder de la dinastía de Saladino, y desde allí avanzar gloriosamente hacia Jerusalén.
Segundo problema: los cruzados no tenían barcos. Las repúblicas marinas, sin embargo, disponían de ellos en abundancia. Se enviaron mensajeros a Génova, Venecia, Amalfi y Pisa. Finalmente se llegó a un acuerdo con Venecia en abril de 1201, por el cual la República se encargaba del transporte hasta Egipto de un ejército de 33500 cruzados (junto con 4500 caballos), a cambio de 85000 marcos de plata. Llegados a este sensato acuerdo, los cruzados marcharon hacia Venecia, pero al llegar allí se dieron cuenta de que contaban con bastantes menos hombres de los previstos: muchos de los santos cruzados que se habían comprometido firmemente a marchar por el bien de los ideales cristianos se habían entretenido en el camino, despistándose en menesteres tales como enredarse en intrigas políticas, desfacer entuertos, preñar doncellas y, por supuesto, matarse unos a otros, deporte muy celebrado en la época.
Tercer problema: llegado el momento de pagar a los venecianos, que como taimados comerciantes que eran exigían pago por adelantado, y habiéndose decidido previamente los nobles pagar la cruzada a pachas, se encontraron que al encontrarse en Venecia muchos menos cruzados de los previstos, no llegaban ni de lejos a la cifra de 85000 marcos, por mucho que se rascaran los bolsillos y buscaran céntimos caídos de los pantalones entre los resquicios del sofá. Los venecianos se negaron a transportar a los cruzados, y estos tuvieron que acampar por casi un año en la isla de San Nicolás de Lido. Allí aprendieron a manejar góndolas, a ponerse camisas de rayas para cantar canciones absurdas, y a timar a los turistas de forma descarada.
Pero Bonifacio de Monferrato, también portador de los genes liantes y negociadores itálicos, sabía que los venecianos ambicionaban recuperar la ciudad croata de Zara, que años antes habían perdido ante el rey húngaro Emerico (en realidad, no la habían perdido: toda la Croacia y la Dalmacia les habían sido otrorgadas a los reyes húngaros por una herencia, pero esos detallitos rara vez importan en asuntos de estado). La propuesta de Bonifacio a los venecianos fue permitir el aplazamiento del pago de la cantidad que se les adeudaba a cambio de que los cruzados los ayudasen a conquistar Zara y los territorios aledaños. Todos contentos y satisfechos, se embarcaron hacia la santidad, pero con esa paradita previa para conquistar cosas a unos para dárselas a otros. En 1202 los cruzados y los venecianos tomaron Zara, matando mucho a un número respetable cristianos que estaban en el lugar y bando equivocado. Esto le sentó mal al Papa, quien procedió rápidamente a excomulgar a venecianos y cruzados por igual. Luego se lo pensó mejor, razonando que si los cruzados dejaban de ser santos igual no le conquistaban Jerusalén, de modo que en un inesperado giro de los acontecimientos emitió una nueva bula (re-bula, post-bula o mandi-bula, en dialecto provenzal) re-comulgando (ex-excomulgando) a los cruzados, pero no a los venecianos, que permanecieron excomulgados una temporada sin que nadie perdiera el sueño especialmente por ello.
Mientras el ex-excomulgado ejército cruzado invernaba en Zara (sección de lencería), llegó un mensajero de Felipe de Suabia portando una oferta del pretendiente al trono bizantino, Alejo (Alexios). Si el ejército cruzado se desviaba hasta Constantinopla y le ayudaba a reconquistar su trono, Alejo no solo estaba dispuesto a garantizar el pago de la deuda que los cruzados habían contraído con Venecia, sino que además se comprometía a aportar a la cruzada un contingente de 10000 soldados, así como fondos y provisiones para emprender la conquista de Egipto. También les prometió un completo juego de sartenes, una cubertería fina, un apartamento en primera línea de playa en Torrevieja y una suscripción anual al Marca si los cruzados no rompían mucho el palacio imperial. Algunos cruzados, se ve que los más cerrados de mollera, se inquietaron ante esta propuesta, no entendiendo qué hacía una cruzada contra los musulmanes inmiscuyéndose en asuntos internos de un imperio cristiano, pero a la mayoría más inteligente ésta les pareció una idea estupenda, por lo que la Cruzada se permitió un nuevo desvío, si a nadie le molestaba, y se plantó (dejando un lustroso rastro de sangre y cuerpos en descomposición) frente a las puertas de Constantinopla en 1203.
Creyendo inminente la caída de la ciudad, el emperador Alejo III (no confundir con el Alejo que había pedido ayuda a los cruzados) decidió despedirse a la brizantina, llevándose consigo a su hija favorita (a las menos favoritas las dejó diciéndoles que bajaba al estanco a por tabaco) y una bolsa llena de piedras preciosas, y se refugió en la ciudad tracia de Mosinópolis. Los dignatarios imperiales, para resolver la situación, sacaron de la cárcel al depuesto emperador Isaac II Ángelo, padre de Alejo (el de los cruzados, no el otro), y lo restauraron en el trono. Tras unos días de negociaciones, llegaron a un acuerdo con los cruzados por el cual Isaac y Alejo serían nombrados co-emperadores. Alejo IV fue coronado el 1 de agosto de 1203 en la iglesia de Santa Sofía. A Isaac II le convalidaron la coronación que había tenido en 1185.
Cuarto problema: por lo visto, el mayor sorprendido por todo este asunto fue el propio Alejo (no el depuesto Alejo III, sino el Alejo de los cruzados ex-excomulgados, ahora llamado Alejo IV), quien cuando se había ofrecido a negociar con los cruzados no daba un duro por su causa y les había prometido el oro y el moro sin ton ni son, por si sonaba la flauta. En realidad, Alejo no podía ni pagar a los venecianos, ni aportar los 10000 soldados prometidos, ni nada de eso. En sus bolsillos tenía un bonobús caducado y un caramelo de menta sudado y manoseado, de esos a los que se les pega el papel y no hay quien los desenvuelva. El nuevo co-emperador se vio obligado a recaudar nuevos impuestos, medida típicamente socialimperócrata que por algún motivo siempre resulta impopular. Se había comprometido también a conseguir que el clero ortodoxo aceptase la supremacía de Roma y adoptase el rito latino, pero para su sorpresa encontró que a la gente no le apetecía cambiarse de religión y se topó con fuerte resistencia. Tuvo entonces la genial idea de llevar a los vencianos a los sancti santorum de los templos bizantinos, forrados de oro y piedras preciosas, para confiscar algunos objetos eclesiásticos con los que pagar la deuda. Pero no confiscó lo suficiente. A los venecianos se les hicieron los ojos chirivitas, y a los sacerdotes ortodoxos les molestó un poco que les expoliaran sus joyas, que al parecer tenían un gran valor sentimental.
Quinto problema: entre que les subían los impuestos, les obligaban a cambiarse de religión (con el esfuerzo que supone olvidarse de las oraciones en griego y aprenderse unas nuevas que dicen exactamente lo mismo, pero en latín) y que les robaban las reliquias, a los bizantinos no les hicieron mucha gracia sus co-emperadores. Se montó una buena résistance, liderada por un tal Alejo, yerno de Alejo (III) y enemigo jurado de Alejo (IV). Alejo era en aquel entonces lo que Manolo es hoy en día. En enero de 1204 se lió un tumulto de agárrate y no te menees, sin grandes consecuencias, pero que sirvió de toque de atención a los poderosos. En febrero, los cruzados dieron un ultimátum a Alejo (IV), quien se confesó impotente para cumplir sus promesas. Estalló una sublevación que, tras algunas vicisitudes, entronizó a Alejo (V), el yernísimo. Alejo (IV) fue estrangulado en una mazmorra, en parte porque los cruzados se perdían un poco con tanto Alejo y querían simplificar algo las cosas, y su padre Isaac II murió poco después en la misma prisión en la que había pasado tan buenos momentos entre sus dos reinados.
Sexto problema: el caso es que Alejo (V) pretendía restaurar la fe ortodoxa y se negaba a reconocer la supremacía latina, así que los cruzados decidieron volver a invadir otra vez la ciudad, si no era mucha molestia, y colocar a uno de ellos como emperador. Los venecianos, por su parte, estaban totalmente de acuerdo con lo primero, pero no con lo segundo. Querían un emperador veneciano. Tras intentar resolver el asunto entre ellos a la manera civilizada medieval, es decir, a tortazo limpio, las dos fuerzas invasoras llegaron a un acuerdo para establecer una tregua. Primero matarían a los bizantinos y luego ya se matarían entre ellos, si eso.
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| Alejo (III) |
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| Alejo (IV) |
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| Alejo (V) |
El seis de abril de 2104 los cruzados y los venecianos, amiguísimos, se lanzaron contra las murallas de Costantinopla. Cayeron como moscas bajo las flechas y las lanzas de los bizantinos. Pero seis días más tarde los supervivientes volvieron a la carga, logrando esta vez penetrar la muralla y prender fuego a la ciudad, que ardió como una hormiga puesta bajo una lupa al sol en un día de verano. Los cruzados y los venecianos entraron en la ciudad, o mejor dicho en lo que quedaba de ella. Alejo (V), viendo alejarse sus posibilidades de mantenerse en el trono, huyó a Mosinópolis, donde curiosamente un año antes se había refugiado su suegro, Alejo (III). No eran gente muy original, los Alejos. Los nobles ofrecieron la corona a Teodoro Láscaris, yerno también de Alejo (III), pero éste la rechazó (tal vez por no llamarse Alejo) y huyó a Asia con su familia, el patriarca de Constantinopla y varios miembros de la nobleza bizantina. Se estableció en Nicea, donde fundó el Imperio de Nicea, depositario de la legitimidad bizantina.
Ahora sí, ya sin resistencia, los cruzados y los venecianos podían dedicarse a sus tareas cristianas, arrasando, saqueando, asesinando y violando a placer durante varios días. Finalmente, a regañadientes ya que la Cruzada al final les había quedado divertidísima, se restableció el orden y se procedió a un reparto ordenado del botín según lo que se había pactado previamente: tres octavas partes para los cruzados, otras tres octavas para los venecianos y un cuarto para el futuro emperador. A pesar de las pretensiones de Bonifacio de Montferrato, el comité eligió emperador a Balduino IX de Flandes, primer monarca del Imperio latino. Los cruzados llamaron a este acontecimiento como Partitio terrarum imperii Romaniae (partición del Imperio romano de Oriente). Menos de la décima parte de los cruzados que habían salido de Europa llegaron finalmente a Tierra Santa, donde su labor se redujo a reforzar los reinos cristianos ya existentes en la zona.
Se calcula que un alto número de soldados sarracenos murieron de risa durante toda esta Cruzada, una de las más exitosas de la Cristiandad.
II. Consecuencias generales
El saqueo de Constantinopla fue considerado uno de los grandes hits de la Edad Media, tema de conversación y de entretenimiento durante décadas e incluso siglos. Aunque tanto Roma como Francia y Venecia aplaudieron tibiamente el establecimiento de un imperio latino en Oriente (las críticas de Inocencio III contra los cruzados se acallaron misteriosamente cuando éstos empezaron a volver cargados de regalos de oro para la Santa Sede), para el conjunto de la Cristiandad ver caer un imperio de mil años (y a manos cristianas) supuso un impacto psicológico terrible, causando una crisis social y espiritual irreparable.
Venecia salió muy reforzada de la cruzada, anexionándose numerosos enclaves en el Egeo y la isla de Creta. Los cruzados establecieron en terreno conquistado una serie de reinos efímeros, como el Reino de Salónica (1204-1224), el Principado de Acaya, los Ducados de Naxos y de Atenas, etc. El imperio latino empezó su vida con una modesta serie de victorias militares, pero en pocas décadas se debilitaría y sería reabsorbido por el imperio niceno, que de alguna forma lograría reinstaurar el imperio bizantino hasta mediados del siglo XV, aunque ya sin la gloria y el esplendor del pasado. Los terrenos del Imperio que no fueron anexionados por los cruzados o los venecianos quedaron divididos en cuatro imperios menores: los ya mencionados imperios latino y de Nicea, el Imperio de Trebisonda que dominó las aguas del Mar Negro (fundado por descendientes del emperador Andrónico, y sí, uno de ellos se llamaba también Alejo) y el Despotado de Epiro. Los cuatro imperios se llevaron a matar entre sí, como era de esperar, y dedicaron todos sus esfuerzos a aniquilarse unos a otros, para deleite del Sultanato Selyúcida, cuyo poderío no dejaba de aumentar. Por el oeste, serbios y búlgaros se quitaron de encima el yugo militar y cultural bizantino, convirtiéndose rápidamente en imperios poderosos y agresivos y desestabilizando aún más la zona, si cabe.
Los principales protagonistas de toda esta lamentable historia (los variados Alejos supervivientes, el emperador Balduino, Bonifacio de Motferrato e incluso el Doge veneciano) pudieron disfrutar de cortas y violentas vidas, muriendo todos ellos en la guerra o bajo el puñal de un asesino a lo largo de los siguientes pocos años.
La Cuarta Cruzada está considerada como la última de las grandes cruzadas y el final de la (aparente) unidad de los reinos cristianos de occidente. A partir de este momento, sería muy raro ver cualquier tipo de cooperación entre naciones, y sólamente se convocaron cruzadas menores, parciales, abocadas a escandalosos fracasos por lo general, con pequeñas y efímeras excepciones.
III. Consecuencias para Tihuta y las Siebenburgen
Todas estas noticias llegan como algo lejana a la remota y atrasada Transilvania, a pesar de encontrarse situada a relativamente poca distancia a vuelo de pájaro. Durante los primeros años tras el saqueo de Constantinopla el rey de Hungría intenta reforzar sus fronteras con Bulgaria y Serbia, acelerando el esfuerzo de repoblación con más cartas de colonización para sajones y concediendo fortalezas y ciudades a los Caballeros Teutónicos.
Toda Europa empieza a llenarse de reliquias santas "rescatadas" del saqueo de Constantinopla, lo que provoca un auge del fervor religioso cristiano y la aparición de nuevas órdenes (y herejías). Ni que decir tiene que la inmensa mayoría de estas "reliquias" son falsificaciones hechas por timadores profesionales. En concreto, se rumorea insistentemente que una de las mayores reliquias cristianas, el cálice de San Juan Bautista (el real, no la copia que se encuentra en el valle de Tihuta) ha sido escondida en algún lugar de la Transilvania, aunque ninguno de los rumores apunta a una localización concreta.
Entre los años 1202 y 1203, fechas de la partida de la Cruzada y del sitio de Constantinopla respectivamente, el Mediterráneo queda prácticamente cerrado al comercio hacia Asia Menor que pasaba por manos bizantinas. Esto llevó a la necesidad de buscar rutas alternativas terrestres, y de repente los esfuerzos de Zoltana y Aldrich por reabrir la ruta ucraniana a través del Paso de Tihuta se vieron recompensados con un gran incremento de ingresos por tasas. Aun tras reabrirse las rutas marítimas tras el final del saqueo, la ruta terrestre continúa funcionando bastante bien, sobre todo por el interés del Imperio de Trebisonda por comerciar con Europa a través de sus puertos en Crimea. Aparte de los mercados habituales de tejidos, especias y extraños artículos orientales, uno de los negocios más lucrativos que atraviesan Tihuta es el de los esclavos. Gracias a la activación del comercio por esa ruta, por primera vez el Castillo de Tihuta empieza a ser una empresa claramente lucrativa, lo que permite acelerar notablemente la construcción del castillo y la opulencia de sus estancias. Por supuesto, una parte muy importante de los ingresos se los llevan el Príncipe Radu, patrón de la construcción del Castillo, y Zelios el constructor.
Entre el crecimiento económico, la aceleración de la colonización y el acantonamiento de tropas húngaro-teutónicas frente al Imperio Búlgaro, toda la zona experimenta un moderado crecimiento demográfico, aunque Transilvania continúa siendo una región fundamentalmente vacía y salvaje.
IV. Sobre los Cainitas
Como de costumbre, detrás de los movimientos mortales hay vampiros, y como de costumbre es difícil saber quiénes son esos vampiros y cuáles son sus objetivos. Por lo tanto, nos limitaremos aquí a enunciar los pocos hechos conocidos (o fuertemente rumoreados) que pueden conocer los personajes (o en algún caso, como nota de color, que puedan interesar a los jugadores)
- Radu: se está haciendo rico con la prosperidad del paso de Tihuta. Parece que fue un visionario al prever que esta ruta de comercio se iba a volver importante y este paso, un punto estratégico.
- En Costantinopla: la Trinidad que gobernaba la ciudad ha caído, y se sabe que el Patriarca Mikhael ha sucumbido a la Muerte Definitiva. Lo que nadie ha logrado es econtrar su fabuloso refugio, del que se ha cantado que era una réplica subterránea de las grandezas de Santa Sofía.
- En Roma: parece que los Lasombra romanos han ganado una importante batalla en su guerra teológica contra los Lasombra de la Iglesia Ortodoxa. Los Ashirra (Lasombra del Islam) forman una tercera facción en una guerra fría divina que se remonta al siglo VII.
- En Venecia: uno de los vampiros que acompañaron a los cruzados, el Capadocio Augustus Giovanni, ha vuelto a su ciudad cargado de oro, prestigio y conocimientos nigrománticos robados de las criptas de la antigua Bizancio.
- En Bulgaria: el Príncipe de Sofía, Basilio el Viejo, ha sobrevivido a duras penas (y gracias a la ayuda de un aliado assamita) un atentado perpetrado a finales de 1204. El haber sido abiertamente pro-bizantino y cristiano oriental parece que le está pasando ahora factura, y parece que su reinado pende de un hilo.
- Myka Vykos: consigue escapar del saqueo de Costantinopla y jura restaurar la gloria de Bizancio, traer el Cielo a la Tierra y vengarse de los culpables del saqueo.
- Los Toreador lamentan la muerte del más hermoso y bello de ellos, el Patriarca Mikhael.
- Los Capadocios se dirigen en gran número hacia Constantinopla, atraídos por las numerosas muertes allí ocurridas.
- Los Lasombra contemplan lo ocurrido en la ciudad como un reflejo de sus propias luchas internas entre partidiarios de la fe romana, seguidores del patriarcado ortodoxo y ashirras.
- Los Malkavian sufren y lloran y se ríen y se desesperan y se maravillan por lo sucedido.
- Los Ventrue se apresuran a repartirse el botín.
- Los Assamitas aguardan su momento.
- Los Brujah abrazan el cambio que surgirá de esta guerra.
- Los Tzimisce dan la espalda a la caída de Constantinopla, enfrascados en su guerra contra los Tremere.
- Los Gangrel no están interesados en lo que pase.
- Los Ravnos están empezando a hacer su aparición en occidente.
- Los Setitas han perdido en los fuegos de Constantinopla su principal núcleo en Europa.
- Los Nosferatu continúan viviendo en las alcantarillas de Costantinopla, como si nada hubiera ocurrido, y trafican en información con todo aquel que pueda pagar el precio.







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