martes, 7 de agosto de 2018

Fray Paulino de Antequera

Fray Paulino de Antequera, Arcipreste del monasterio de San Bartolomé de Schäßbur, es un anciano menudo, carcomido, pero sorprendentemente vigoroso, cuyos principales rasgos físicos son unos ojos blanquecinos, velados por el glaucoma y las cataratas, una afilada nariz aquilina y una chepa del tamaño de una calabaza madura. 


De joven, hace muchísimos años, fray Paulino conoció la Palabra de Dios y, abandonando su Iberia natal, viajó a Roma, persiguiendo con fervor el gran anhelo que había nacido en su corazón: el de aprender Teología, acceder al sacerdocio y así poder demostrar a todo el mundo que él era superior a los demás y llevaba la razón en todo. Allí aprendió latín, los textos sagrados y las tradiciones de la Iglesia de Occidente. La alta política capitolina, sin embargo, requería un carácter menos inflexible e intransigente que el de Fray Paulino, por lo que éste se vio relegado a posiciones de poca importancia en las regiones fronterizas de la Cristiandad.

Fue así como acabó en Schäßburg, atrasado poblacho de gente supersticiosa e ignorante en el que Fray Paulino se sintió como en casa. Bajo su estricta mirada (cada vez más miope), la parroquia de San Bartolomé se convirtió en un centro de fe al que los campesinos acudían para que se les recordaba que eran unos pecadores inmundos cuya única salvación consistía en la fe de Cristo, es decir, en lo que dijera Fray Paulino. Su influencia no hizo sino crecer tras el pavoroso incendio de 1193, que respetó en cierta manera el recinto sagrado de la iglesia. Bajo su dirección, la iglesia se convirtió en monasterio y empezó a atraer monjes desde toda Transilvania.

Fray Paulino es un hombre impaciente, severo, implacable, de unas enormes fuerza de voluntad y ambición, que está convencido de estar en total posesión de la verdad, que defiende con fanatismo. El mayor problema de Fray Paulino es su fe dividida: concretamente, que en realidad nunca ha creído en el Dios bondadoso del Nuevo Testamento. 

En quien si cree, decididamente, es en el Demonio.

El Demonio se presentó ante Fray Paulino a principios de la IX década del siglo XII, bajo la forma (borrosa) de una mujer (probablemente) joven y (según le dijeron) hermosa, que con con delicadas palabras (gritos, más bien, ya que Fray Paulino se estaba quedando sordo además de ciego) le engañó y le tentó para que bebiera (Fray Paulino, no ella) un vino de misa profanado. En pocas semanas, Fray Paulino fue consciente de haber caído bajo el hechizo infernal de ese súcubo (al que ahora veía con mayor claridad y que, efectivamente, era lo que los ancianos en Antequera llamaban un pibón). Ahora, el orgulloso sacerdote está atado a esa mala mujerzuela de una forma inexplicable, hasta el punto de tenerla oculta durante el día en una cripta secreta bajo su propia celda en el Monasterio. Fray Paulino odia esta situación, odia a la diablesa y a las súcubas que en ocasiones duermen con ella, y odia a todo el mundo, pero no es capaz de hacer nada para resistirse al veneno que ingiere cada domingo de las venas de esa mujer.

El poder del Juramento de Sangre se manifiesta de una forma extraña en Fray Paulino. Normalmente los ghouls esclavizados por el Juramento ven aumentados sus instintos más bajos, deslizándose inexorablemente hacia la depravación. Fray Paulino es demasiado rígido en su moral y demasiado fuerte de voluntad como para caer en ello. Trabaja duramente, ora en las horas reglamentarias, no va con malas mujeres ni se alimenta de otra cosa que no sea pan, arenques secos y vino. Cuando Fray Paulino siente crecer en su interior la oscuridad y el ansia viva, lo que hace es encerrarse en su cuarto y flagelarse duramente, utilizando para ello fustas, cilicios, cuerdas con clavos atados, alambres, palas de azotar y apretados anillos constrictores para torturar sus genitales. Fray Paulino se ha vuelto muy aficionado a hacerse fosfatina piernas, nalgas y espalda, lo que redunda en perjuicio de su salud física pero no hace más que fortalecer su resolución espiritual. Y en algunas contadas ocasiones, cuando la tentación se hace demasiado fuerte, Fray Paulino recurre a la ayuda de Sor Teófila, madre superior de las monjas Destruccianas, quien está encantada de acudir con crucifijo, látigo y cachiporra para zurrar al cura hasta dejarle inconsciente, lleno de moretones y con unos chichones grandes como pomelos. Pero sorprendentemente, en su vejez y desde que recibió la primera visita del Demonio, fray Paulino se cura asombrosamente rápido. Además tiene mucha más fuerza que de joven y es capaz de ver y oír casi como cuando era mocito.

Armado con el poder de su dolor, con las heridas de su espalda rezumando y curándose a un ritmo antinatural, Fray Paulino ha decicido emprender su propia cruzada personal contra todo tipo de herejía y de vicio moral, arengando al populacho con su carismática voz cascada y geriátrica. Se ha jurado a sí mismo exterminar a los malvados (categoría en la que entran prácticamente todos los seres vivos a excepción de él mismo) de la faz de la Tierra. 




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