Sus habitantes estaban convencidos de que el mundo llegaba a su fin, y razones no les
faltaban. La arrogante Constantinopla, la milenaria capital del imperio de los romanos, se convirtió
en pasto de las llamas. Sus calles, no hace mucho rebosantes de vida, se transformaron en una
trampa para todo aquel que osara caminar por ellas. Sus edificios, soberbias construcciones que
antaño alzaran su vista a los cielos, fueron consumidos por el fuego, una gran tea que abatió y
postró el orgullo de la reina de las ciudades hasta hacerlo sucumbir ante la irrefrenable avaricia de
los latinos que vieron la oportunidad de entregarse a un saqueo largo tiempo anhelado. Siglos de
riquezas acumuladas, súbitamente arrebatados por la codicia de aquellos que decían luchar contra el
infiel y atacaban un imperio cristiano. Iglesias despojadas de sus reliquias y sus tesoros, iconos
arrancados de los templos y monasterios, el palacio imperial de Blanquerna profanado por los
impíos pies de los atacantes, vidas cercenadas en las calles, viviendas, o dondequiera que estuviera
el desdichado que hallara tan fatídico fin. Dios los había abandonado y castigado por sus pecados.
Días después de que las llamas consumieran parte de la ciudad, aquellos que permanecieran
escondidos y se atrevieron a salir de sus escondrijos descubrieron afligidos que sus recuerdos y sus
existencias también se esfumaron con la desgracia que se había abatido sobre ellos.
En un rincón de la ciudad próximo a los muelles se agazapaba atemorizada una mujer junto
a sus dos hijos. Alcanzada ya la madurez, aún hacía poco que lo único que deseara fuera envejecer
junto a su familia y ver la llegada de sus nietos. Atrás habían quedado los días en que, sumida en
lágrimas, lloraba por un marido muerto en tierras húngaras escoltando a la futura Basilissa. También
había tenído una hija, pero esta halló la muerte tras ser brutalmente forzada por un grupo de salvajes
que en ese momento saqueaba su antiguo hogar. Nada pudieron hacer. Traumatizados y brutalmente
sacudidos por el fin de su mundo, no había otra cosa que les empujara hacia delante más que el
pavor a caer en las fauces de los asaltantes. Habían huido por una ciudad que en nada se asemejaba
a la que habían conocido con la esperanza de encontrar un bote con el que atravesar el Bósforo de
noche y llegar a Asia: un contacto en los primeros instantes del asalto les había ofrecido esa salida si
conseguían llegar a los muelles de la ciudad. Esperando la señal fijada, el tiempo parecía detener su
monótona marcha mientras la ciudad, desvalida, se precipitaba al abismo.
Vieron la indicación acordada: un breve silencio les permitió dirigir una última oración y
desear que al menos uno de ellos llegara a la otra orilla. Salieron a la carrera, en la penumbra.
Dejaban la calle donde habían permanecido ocultos, encarando el lugar donde debían embarcar,
cuando un par de afiladas y relucientes hojas atravesaron los cuerpos de los dos hijos. La mujer, sin
tiempo para reaccionar, recibió un golpe seco en su cabeza y su cuerpo se desplomó sobre el
empedrado sin llegar a asumir la muerte de sus vástagos.
̶ Lo siento, mi señora, en estos tiempos se paga mejor la traición que la lealtad.
Solo por el cabeceo pudo comprobar que se encontraba en una embarcación, pero no se dirigían a
Asia, sino que atravesaban el Cuerno de Oro para llegar a Pera, donde se hallaban los italianos. El
mareo y la conmoción aún presente del golpe sumieron de nuevo su mente en la negrura.
Cientos de gritos procedentes de distintos puntos de la ciudad parecían unirse e implorar a
los cielos perdón y misericordia. Por respuesta obtuvieron silencio y desamparo. Solo la luna,
avergonzada, acertó a esconderse tras el humo que ascendía de la ciudad caída.

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