jueves, 9 de marzo de 2023

Después

Tres días después

El traqueteo del carromato y el lento repiqueteo de las herraduras sobre la calzada no son los únicos sonidos de la noche.

Mrfff fggg gfffrevolución de las clases alienadas...

Nada, que sigue igual. Jonas, ¿te importa?

Sin problema.

Con un sonido como el de un garrote golpeando un melón maduro, la estaca se vuelve a clavar en el corazón del joven anarquista.

Es por su bien –dice Florin.

Es por su bien –repite Jonás. 


 

Quince días después

Si no fuera por las zarzas que han invadido la colina, las ruinas de la vieja fortareata Bistrița serían un mirador excepcional sobre la ciudad. A los dos viajeros les ha costado casi tres cuartos de hora subir hasta aquí desde el lugar donde les espera la numerosa comitiva que les acompaña. Sentados sobre una de las rocas desprendidas del antiguo muro, los dos observan el panorama en silencio durante un largo rato. Es Aldrich quien acaba rompiendo el silencio.

Desde esta distancia, es incluso bello, ¿no lo creeis?

El fuego no es bello a ninguna distancia –responde Barabbas, tal vez más secamente de lo necesario.

Ambos vuelven a guardar silencio. A lo lejos, buena parte de la ciudad se va cubriendo de un humo espeso, que refleja la luz naranja de las llamas hasta que parece que el propio cielo se está incendiando. Aldrich vuelve a ser quien se anima a hablar.

Estáis irritado.

Por supuesto que lo estoy. Estoy muy cansado de todo esto. Cansado, no: harto. Harto de huir. Harto de escapar de un incendio tras otro como una rata. Harto de tener que volver a empezar de cero una y otra vez.

Y, sin embargo, esta vez no empezamos de cero, amigo mío.

Los ojos de Barabbas se iluminan al pensar en los arcones llenos de oro que les aguardan abajo, en la caravana.

No, no de cero –reconoce–. Supongo que tenéis razón. Esta vez, tenemos algunos ahorrillos.

¿Ahorrillos? Reconocedlo, amigo mío: no habíais visto tantos frijis juntos en vuestra vida. 

Qué sabréis vos –responde Barabbas, y se ríe–. Gracias a vos y vuestras dotes como vendedor sumamente convincente.

Gracias a vos y a vuestro don para revalorizar la apariencia de los bienes inmuebles.

Ambos ríen. A lo lejos, los fuegos en varias partes de la ciudad se van convirtiendo en rescoldos a medida que los bistritas consiguen controlar los distintos focos. 

Pero esto no cambia nada dice Barabbas, serio de nuevo. Esta vez, porque teníamos el aviso de la vieja. Pero, ¿qué pasará la próxima vez que la Inquisición venga a tocar a nuestras puertas y no hayamos tenido la ocasión de vendérselo todo antes a algún incauto?

Algo se nos ocurrirá. Siempre se nos acaba ocurriendo.

– ¡Ventrues! Demasiado optimistas.

El oro es lo de menos, viejo amigo.

– Lo será para vos, que podéis mirar a los ojos a cualquiera y convencerle de que os regale hasta la ropa interior que lleva puesta, para los demás...

Silencio.

Para los demás, ¿qué?

– Estaba pensando.

¿Qué pensabais?

En lo bueno que sería que existiese algún gremio, como el de esos banqueros venecianos y florentinos de los que he oído hablar, que en vez de almacenar dinero almacenara confianza en que si se produce un percace uno no va a perderlo todo...

Una especie de... ¿compañía de confianza?

De seguridad, más bien. Compañía de... seguros. Seguros: suena bien. Sí, me gusta el nombre.

– Estáis loco, amigo mío.

No: ese es el otro, el del hacha. Yo en cambio, soy otra cosa. Un visionario.

Y se queda callado, pensando en posibilidades. 




  

Tres meses después

Queride Vykos,

En serio, ¿de verdad tengo que dirigirme a Vos con todo este engorro del género neutro? Tened piedad: soy un pobre anciano, un alma del siglo IX que no termina de saber adaptarse a estas moderneces del mundo del Rinascimento. Me parece perfecto que hayáis decidido emascularos, y desde luego no seré yo quien os diga cómo debéis alcanzar la Metamorfosis. Pero no veo cómo eso debería afectar a los pronombres que usamos los demás: al fin y al cabo, mi Sire acabó sus noches pareciéndose a un cruce entre una cotorra y un paragüero, pero eso no cambió en nada la forma en la que le llamaba todo el mundo: Maldito Bastardo. Esto no debería ser distinto, según mi humilde opinión.

Ah, pero me estoy desviando. Últimamente me pasa mucho. Os escribo por otro motivo mucho más importante que los desvaríos de un viejo. Lo diré sin ambages ni medias tintas: me temo que he fracasado miserablemente.

Sabéis bien, mi queride socie, que he hecho todo cuanto ha estado en mi poder para proteger a esos muchachos. ¡A pesar de que en varias ocasiones hayan intentado morder la mano que les ayudaba! Siempre es así con los jóvenes, tan impetuosos, tan desnortados... "gli ancillae sono mobili, qual piuma al vento, mutano di accento e di pensiero", como dice la vieja canción picaresca. 

Me estoy desviando de nuevo: llamadme pues, si así lo queréis, desviado. ¡Tantos lo hacen! Esta es la triste realidad: mi último intento para salvar la vida de nuestros pequeños ha fracasado (como de costumbre, por culpa de la burocracia), y ahora no se me ocurre qué más puedo hacer, estando como estoy atrapado en esta aburrida fortaleza inexpugnable. Temo que les pueda pasar cualquier cosa: que me cojan frío, que pasen hambre o que alguien les queme pinchados en una estaca que les atraviese por el culo. Solo de pensarlo se me abren las puntas del cabello.

Por favor os lo ruego, en nombre de la amistad que nos une. Vos que estáis de cabecilla en esa moda del Anarquismo, ¿podríais echarles un ojo de vez en cuando? Os estaría eternamente agradecido y, si me presionáis lo suficiente, incluso podría daros el nombre de ese librero parisino que tiene una copia de cierto volumen que estáis buscando.

Siempre vuestro,




Un año después

"Doce mil seiscientos cuarenta y seis", piensa Konstantyn, limpiando el polvo de los volúmenes que formaban la biblioteca de este castillo. De los dos. "Doce mil seiscientos cuarenta y siete. Doce mil seiscientos cuarenta y ocho, doce mil seiscientos cuarenta y nueve, doce mil seiscientos cincuenta, doce mil seiscientos cincuenta y uno, doce mil seiscientos cincuenta y dos, doce mil seiscientos cincuenta y tres, doce mil seiscientos cincuenta y cuatro, doce mil seiscientos cincuenta y cinco, doce mil seiscientos cincuenta y seis, doce mil seiscientos cincuenta y siete, doce mil seiscientos cincuenta y ocho, doce mil seiscientos cincuenta y nueve, doce mil seiscientos sesenta, doce mil seiscientos sesenta y uno, doce mil seiscientos sesenta y dos, doce mil seiscientos sesenta y tres, doce mil seiscientos sesenta y cuatro, doce mil seiscientos sesenta y cinco, doce mil seiscientos sesenta y seis, doce mil seiscientos sesenta y siete, doce mil seiscientos sesenta y ocho, doce mil seiscientos sesenta y nueve, doce mil seiscientos setenta, doce mil seiscientos setenta y uno, doce mil seiscientos setenta y dos, doce mil seiscientos setenta y tres, doce mil seiscientos setenta y cuatro, doce mil seiscientos setenta y cinco, doce mil seiscientos setenta y seis, doce mil seiscientos set..." En ese momento es cuando a través de la estrecha ventana entra el sonido del portón del castillo abriéndose. Se oye a un caballo entrando. Su respiración es trabajosa, como si llevara un gran peso a sus lomos. Konstyantyn se asoma a la ventana. ¡Bien! Se trata del Espécimen. Ha vuelto de su visita a la aldea cubierto de sangre. Konstantyn se acerca al escritorio, moja cuidadosamente la pluma en tinta y escribe en su cuaderno:

"Doce mil seiscientos setenta y siete minutos desde el último homicidio del Espécimen"

Tras ello, vuelve con su plumero. "Cero, uno, dos...", va pensando.



Seis años después

Αγαπητή αδελφή:

Προσέξτε παρακαλώ. Χάνουμε τόσες πολλές αδερφές τον τελευταίο καιρό. Η Ιρίνα πέθανε υπερασπιζόμενη τον τάφο του Σούρου, η Ναταλία έπεσε κάτω από τα μαχαίρια των δολοφόνων τη νύχτα. Η Σίνα η Καθαρή καταναλώθηκε από τη φωτιά, όπως και η Καππαδόκη προστάτιδα της. Η Μύριαμ δεν είναι πια μαζί μας, ούτε η Αΐζα, ούτε η Σελεμέ, ούτε η Μαριπούρη η Δυνατή, ούτε πολλοί άλλοι Λαμίαι που θα μνημονεύονται για πάντα. Προσέξτε παρακαλώ. Υπάρχουν σκιές μέσα στις σκιές, και το Πέπλο που χωρίζει τα εδάφη των ζωντανών από τα εδάφη των νεκρών είναι πιο λεπτό από ποτέ.

Το καλύτερο,

κασσάνδρα
















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