Hola, Florin
Tal vez me recuerdes, Florin. Soy yo, Florin.
Encantado de conocerme a mí mismo, Florin.
Tal vez nunca llegues a conocerme de verdad, Florin, después del Cambio.
Soy la parte de mi que ha desaparecido. Por eso nunca te enterarás de lo que me estoy diciendo, Florin.
Me parecería raro acordarme de estas palabras, dado que nunca las he pronunciado. Nunca sabré que las he dicho, Florin, y por lo tanto nunca será verdad que las dije, ni nunca fue cierto que las diré. O hubiere dicho. Florin.
Esto es lo que pasó, Florin: el Clan iba a desaparecer. Íbamos a quedarnos solos, aislados, cazados como ratas por la Inquisición o, peor aún, entregados por los demás a los fuegos de los cazadores, con tal de salvar sus cuellos.
Nos temían.
Éramos incontrolables, Florin.
La Maldición de Malkavian, el Don de Malkavian, corría demasiado poderoso por nuestras venas.
Dementación.
¿Recuerdas lo que pasó en Alba Iulia, Florin, cuando la sangre de Otto el Risueño contaminó los pozos? Yo no me acuerdo. Estuvimos allí, yo y yo. Nuestra sangre se unió a la de Otto. Todos bebieron de ella. Y la ciudad ardió en un magnífico caos.
Algunos lo llaman locura. Yo, tú, yo, sin embargo, lo llamamos de otra forma: locura.
La Camarilla no podía meternos en sus planes. Éramos una carta salvaje en la baraja. Incontrolables. A nuestro alrededor la iluminación estallaba haciendo reventar cabezas y corazones.
Nadie se sentía a salvo a nuestro lado.
Yo lo comprendo, aunque tú (yo) no lo entienda.
Aferrados a la Dementación, ni la Camarilla ni los Anarquistas nos habrían aceptado como unos de los suyos. Y habríamos caído uno a uno, como nuestros primillos Salubri cayeron antes que nosotros, como los pardillos Capadocios siguen cayendo hoy en día.
Algunos se dieron cuenta. E hicieron lo que se nos da tan bien hacer a nosotros, los Malkavian.
(Los Malkavian no existen)
Lo inesperado.
Yo lo recuerdo, pero tú no. Estuve allí. Aunque no lo sepa.
La Llamada sacudió la Urdidumbre de la Red con tal fuerza que no pudimos resistirnos. Salimos todas y todos de nuestras ciudades, de nuestras tumbas, de nuestros refugios, y nos pusimos en marcha.
Nadie nos echó en falta. Nadie se dio cuenta de las semanas y meses que nos ausentamos cada cual de su lugar.
Allí fuimos, aunque no lo recuerdo, mi amo Winston y yo, que nunca estuve allí. Lo recuerdo perfectamente, pero claro que no.
La historia de los demás clanes no registra los meses en que la mayoría de los Malkavian de Europa sencillamente... no aparecimos por ninguna parte. Abandonamos nuestras guaridas y refugios para peregrinar, siguiendo la poderosa Llamada que nos condujo a la aldea de Domažlice, en Bohemia. El motivo de que hubiera tantos... era que los antiguos habían lanzado la Llamada, y pocos podían resistirse a ella.
Los antiguos... eran fuertes, sabios y terribles.
Nos aguardaban allí, en la cima de la colina, bajo una Luna desgarrada por nubes de tinta negra. Eran seis: el Dionisio se había desprendido de la tierra bajo la que dormía; su risa nos condujo al tumulto. Addemar, envuelto en su manto de ermitaño, contemplaba la reunión con el ceño fruncido. Tryphosa se balanceaba hacia adelante y atrás, susurrando acertijos al aire. La pálida piel de Brude resplandecía con patrones sagrados y escrituras santas, y la Bruja Negra se acuclillaba sobre una pila de huesos, pasando sus dientes por un fémur marcado y sin carne. Y entre todos ellos se alzaba el sabio, el mortificado, el oriental... Unmada.
Seis Matusalenes. Seis. Un poder inmenso e implacable, hinchado entre ellos, tenso e inflado por su proximidad. La fiebre flotaba en el aire, y habría desollado a cualquier mortal lo suficientemente desafortunado como para presenciar la reunión. Tiraron del tejido del mundo para liberar una Llamada que todos pudiéramos oír. Luego reunieron su fuerza, atrayendo el poder del flujo de la fragmentada consciencia de Malkav...
Y nos cambiaron.
Nos cambiaron.
Levantaron muros de contención en las mentes de todos los Malkavian allí reunidos... que eran casi todos los Malkavian del mundo. Casi. Algunos... algunos, claro está, se habían resistido a la Llamada, y con algunos se habían hecho distinciones. No podíamos renunciar por entero a la fiebre, compréndelo, tan solo a algunos de los dones que emanan de la fiebre. Sin embargo, no podíamos permitir que esos dones murieran. Algunos de los nuestros, los más fuertes, tenían que retener la Visión completa. Y tanto si habían sido elegidos deliberadamente como si habían ignorado la Llamada, los intactos se unieron al Sabbat. Los alterados, los que habíamos recibido los muros, nos unimos a la Camarilla, que ahora nos veía más fáciles de tratar.
Permíteme que me corrija: no es que ahora nos vieran más fáciles de tratar, sino que siempre nos habían visto más fáciles de tratar. Los Seis Matusalenes habían cambiado la realidad.
Y los otros nunca se dieron cuenta de la diferencia.
Imposible. Todavía parece imposible. El demoledor peso de su poder, el dolor... todavía parece imposible que pudiéramos haber ocultado algo así, que pudiéramos haberlo olvidado. Y aun así, nadie se dio cuenta.
Yo el que menos. Y por ese motivo no me estoy dirigiendo ninguna de estas palabras a mí mismo, Florin.
MODIFICACIÓN DE LAS REGLAS: A partir de este momento, las Disciplinas del clan Malkavian, al menos aquellos que pertenezcan a la Camarilla, pasan de ser Dementación, Auspex, Ofuscación a ser Dominación, Auspex, Ofuscación. Los puntos que tuvieran en Dementación se convierten automáticamente en Dominación.

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