domingo, 9 de noviembre de 2025

Fragmentos

Noche 86818

Esztergom es una ciudad en decadencia. A diferencia de Pest, donde las calles son oscuras, sucias y hierven de pobreza y degradación, aquí las calles son oscuras, sucias y pobres, pero están casi vacías. Hay un ambiente mohoso y putrefacto en los muelles junto al río. Más arriba, en la colina, el aire huele a manteca de cerdo rancia y a desesperanza.

Noche 86819

Tenemos que buscar un refugio separado. Anatole se ha negado a pasar un solo día en del sótano de la casita de doña Desiderata. La presencia de tantos símbolos satánicos le enerva. Anatole, que nunca me ha parecido un ejemplo de templanza precisamente, está últimamente aún más nervioso que de costumbre.

A mí lo que me enerva es más bien la proliferación de ganchillo. Hay algo que no me cuadra en el sótano de doña Desiderata. Están presentes, en gran abundancia, todos los símbolos que los cristianos asocian al demonio, pero colocados sin orden ni concierto. El pentáculo inclinado para las invocaciones que está pintado en el suelo tiene siete puntas en vez de cinco. Yo juraría que está dibujado con kétchup en vez de sangre. Y la estrella de Lucifer está hecha con plastilina. Por otra parte, no consigo tomarme del todo en serio los bafometos de macramé, ni la estatuilla del macho cabrío en la que, mirada por debajo, pone "recuerdo de Cuenca". Es cierto que toda la estancia huele a naftalina y pis de gato, pero no noto las vibraciones malignas que percibí en otros lugares malditos como la guarida de Nefandos que encontramos hace unos años. En todo caso, Anatole puede llegar a ponerse muy pesado cuando quiere, así que para él la perra gorda. 

Noche 86820

Hicimos bien en buscarnos cobijo fuera de casa de doña Desiderata. Se les ha instalado un okupa, y encima viejo y baboso. Me mira mucho las peras.

Noche 86821

Nada que reseñar.

Noche 86822

Lilit nos enseña que la verdadera creación surge del dolor. Pese a ello, mis rondas de sopapos siguen sin lograr que Alipio nos revele más acerca de su cautiverio. 

A Lucita le pasa igual que a mí: no entendemos qué hacemos en Esztergom, en lugar de seguir investigando los cultos de Kupala en Buda y en Pest. Bianka y mis otros aliados nos han traído hasta aquí persiguiendo una interpretación literal de los balbuceos de Anatole. Estuve a punto de contradecirles y señalarles que no han entendido nada: a Anatole no hay que hacerle caso por sus palabras, que casi siempre son completas majaderías, sino por sus acciones. 

Pero el hecho es que Anatole fue el primero en apuntarse con entusiasmo a esta ridícula excursión, así que no he dicho nada y aquí estoy. Dándole sopapos a Alipio sin mucha esperanza.

Noche 86823

Lucita, Anatole y yo nos hemos acercado a hablar con el príncipe Geza Árpad. Saber que es antepasado de esa petarda, Nova Árpad, me predispone un poco en contra de él. Tengo que controlar mis impulsos. Para recordármelo, me he clavado un clavo oxidado en la mano, atravesándomela de palma a dorso, y lo he dejado allí durante toda la noche. Que el dolor me ayude a centrarme en mi objetivo.

El príncipe Geza es un hombre ocupado. Cuando hemos llegado a la catedral, estaba despidiendo a un grupo de visitantes, hombres y mujeres vestidos con túnicas negras, cada cual con ribetes de un color diferente. "Turistas", ha dicho el príncipe. Anatole ha saludado a un par de ellos, llamándoles "primos", pero luego al preguntarle de qué les conocía ha respondido "¿Lo quéee?". Nunca sé si es tonto del todo o si se lo hace. 


El príncipe, que insiste en que le tratemos de Excelencia Reverendísima en su calidad de arzobispo, nos ha enseñado la catedral. Bastante impresionante, aunque muchas de las vidrieras están rotas y pegadas con trozos de esparadrapo. Anatole se ha caído un par de veces al suelo en medio de espasmos y espumarajos por la boca. Según Lucita, es un comportamiento completamente normal: le pasa mucho en las iglesias, sobre todo si son grandes. El príncipe nos ha ofrecido malvaviscos, ha negado haber oído hablar nunca de Kupala y nos ha preguntado si no nos importaría hacerle el favor de llevarle un jarrón de regalo a una amiga que tiene en Pest cuando volvamos hacia allí. Lucita, que proviene de la alta nobleza aragonesa, le ha replicado que ella no es ningún tipo de rider de mala muerte y que se meta el jarrón por el culo. Tras eso, la conversación se ha extinguido por algún motivo.

Noche 86824

Hay rumores de que alguien está desenterrando huesos en la ermita de la leprosería de San Lázaro. Estos capadocios, cómo son. 

Noche 86825

Nada que reseñar.

Noche 86826

Anatole ha pasado mal sueño. Yo no me he enterado, pero Alipio, que ha estado montando guardia durante el día, asegura que mi amigo Malkavian ha pasado horas removiéndose en su sarcófago y gritando Incunabulum Kupalam. Como de costumbre, al preguntarle ya despiertos por ello, Anatole ha dicho que no recuerda nada. Siento que estamos perdiendo un tiempo vital aquí en Esztergom y que deberíamos volver rápidamente a investigar a Pest, pero Anatole no desea moverse, aduciendo nosequé de esperar a ver si sale una edición en cartoné.

Noche 86827

Nada que reseñar.

Noche 86828

Anda, pues al final no era cosa de capadocios. Eran Bianka, Barabbas y compañía. No sé de qué me sorprendo.

Noche 86829

Nada que reseñar.

Noche 86830

Mis compañeros siguen en la casa de doña Desiderata, sin haber quemado aún nada. Les he preguntado que cómo llevan lo del okupa y me han mirado con cara no entender nada. No hay ni ha habido ningún okupa. Tal vez lo entendí mal, o tal vez estoy pasando demasiado tiempo con Anatole.

Noche 86831

Nos volvemos a Pest! Menuda pérdida de tiempo, esta visita. Lucita comparte conmigo la impaciencia. Yo intento pensar, siguiendo las enseñanzas de mis maestras, que este sufrimiento psicológico de sentirme perdida y confundida tiene que ser sanísimo de necesidad.

Anatole lo ve todo bien. 

Noche 86832

Vuelta a la pensión Barabbas y a los ensayos lastimeros de la bardesa Melania. Escuchar sus canciones sobre el vació de la existencia hace que me sienta fatal, así que bien.

Noche 86833

Esta noche, y a falta de nuevas pistas de ningún tipo, nos hemos acercado a cotillear a una de las reuniones del Foro de Davos. Lucita me dice que soy una Lasombra y debería socializar y complotar un poco más. Yo no las tenía todas conmigo, ya que entiendo que el Foro es una reunión de la Camarilla, pero Lucita me ha tranquilizado al respecto. Ella se ha unido abiertamente a la Camarilla y parece ser que la tratan con respeto.

Dado que estas noches hemos pasado mucho tiempo juntas y hemos compartido muchos de los secretos que albegan nuestros corazones, me he atrevido a preguntarle sus motivos para unirse a la Camarilla en lugar de a los rebeldes Lasombra. Tras un largo silencio, me ha dicho:

"Gran parte de lo que me has oído decir es cierto. Me repugnan los juegos de poder con los que los antiguos nos manipulan como peones, y en eso coincido con los ideales anarquistas. Pero no creo que la respuesta esté en asesinatos como los cometidos por algunos de mis conocidos cuando practicaron la Diablerie contra el Antiguo de mi clan. Tú misma tienes algo que decir al respecto, sabiendo lo que sabes del acto paralelo que ocurrió aquí, en Transilvania, contra el Más Viejo de los Tzimisce. Ya viste qué clase de individuos perpetraron aquel crimen: fue demasiado fácil. Me temo que estamos sustituyendo a un grupo de monstruos viejos y manipuladores por otro de amos igual de monstruosos, aunque más jóvenes e ignorantes.

Veo un movimiento a gran escala que no alcanzo a comprender. Primero los Tremere desplazaron a los Salubri; después, los Lasombra y los Tzimisce acabaron con sus antiguos para poner en su lugar a no se sabe bien quién; y ahora los Giovanni están haciendo lo mismo con los Capadocios. Me niego a creer que todo esto sea fruto espontáneo de la rebelión bienintencionada de unos pocos desarrapados. Hay un plan detrás. Cuál, no lo sé. Pero no pienso jugar según las reglas que alguien ha escrito para mí. Hasta que descubra qué está pasando, he decidido participar en el juego de la Camarilla, que al menos no me obliga a mezclar mi sangre con la de otros. Y, además, comparte algunos principios con los que estoy de acuerdo, como la Mascarada.

Pero, si te soy del todo sincera, hay otro motivo más íntimo. No sé si te he hablado alguna vez de mi sire. Entre todos los monstruos que pueblan la noche, Ambrosio Luis Monçada es el único que ha conseguido helarme la sangre una y otra vez. ¿Ves a nuestro amigo Anatole? Parte de lo que lo hace único no es solo su don —o maldición— Malkavian, sino su fe. Fe verdadera, en Dios. No hablo de creencia ni de beatería, sino de auténtica Fe: esa que puede mover montañas, la que hace que los demás vampiros huyamos aterrados cuando quien la posee nos mira directamente a los ojos. ¿Has sentido alguna vez la Fe de Anatole? Pues imagínate una cien veces más intensa, pero oscura, primaria, sangrienta, devastadora.

La fe de Monçada es en la existencia de Dios y en su plan divino de salvación… unida a la convicción de que esa salvación no está destinada ni a él ni a ningún Cainita. Así como un mortal debe esforzarse y obrar bien para alcanzar el cielo, un vampiro —según él— debe sembrar el mal para ganarse la condenación eterna. Mi señor Monçada sirve a la voluntad de Dios poblando con fervor las estancias del Infierno. En cada confesión —pues aún se considera diácono de la Iglesia—, sus feligreses salen con nuevos pecados que cumplir como penitencia. Esa es la fe de mi señor Monçada: absoluta, implacable, inamovible, irresistible, aterradora.

Desde que escapé de él, he dedicado mi existencia a oponerme a todo lo que representa. Y como es sabido que desde el principio ha estado del lado de Gratiano y de los líderes anarquistas Lasombra, mi única opción es hacer justo lo contrario. Mis últimas noticias indican que se ha unido con entusiasmo a este nuevo Sabbat, haciéndose llamar arzobispo de Madrid. Me parece justo que su chiquilla se le enfrente como arconte de la Camarilla."

Todo esto me ha dado mucho que pensar.  Le he agradecido su sinceridad y la he acompañado al Foro de Davos. 

Noche 86834

De nuevo al Foro. Aparte de una discusión muy técnica sobre aranceles, lo más interesante ha sido un rumor acerca de algo ocurrido mientras estábamos en Esztergom. Al parecer, durante una de las sesiones del Foro se produjo un altercado con un grupo de Assamitas. Surgidos de la noche —un recurso en el que los vampiros tendemos a sobreactuar un poco—, irrumpieron en pleno debate en la alhóndiga y pidieron ser admitidos en la discusión. Su argumento tenía cierto peso: algunos aseguraban haber sido Abrazados por Husayn al Fatin, un visir de su clan que había residido en Buda-Pest desde antes del siglo XIII, y por tanto podían considerarse más húngaros que muchos de los presentes de la Camarilla. Su petición fue rechazada y se les instó a abandonar el lugar, cosa que hicieron con fría cortesía. Más allá de la tensión del momento, lo verdaderamente curioso es que varios testigos afirman que uno de los Assamitas era una mujer. ¡Y yo que estaba convencida de que ese era un clan de machirulos!

Lucita se ha quedado picueta.

Noche 86835

Lucita ha estado rarísima desde que escuchó lo de los Assamitas anoche. Hoy me ha dicho que necesitaba tomarse un Moscoso para atender unos asuntillos personales. Ha invocado una nube de sombras y ha salido a la noche dejándome a solas con Anatole. Cuando le he preguntado a éste si sabía qué pasaba, se ha limitado a responderme un lacónico "debe ser otra vez lo de Fátima".

Bien sabes, Diario mío, que no soy una cotilla. Pero llevo tantas noches desorientada, nerviosa y harta de seguir pistas vagas e inconcretas, como pollo sin cabeza, que hoy se me han hinchado las narices y he decidido seguir a Lucita. Estoy hasta el papo de medias respuestas.

Tengo buenos ojos para la oscuridad. Es algo que viene bien en mi línea de trabajo. Invocando el Sudario de Ausencia, que es mucho más discreto que el Sudario de la Noche, he seguido en secreto la mancha de oscuridad de Lucita. 

Nota mental: alguien debería decirle algún día a la gente de mi clan que intentar pasar desapercibidos envueltos en una nube de negrura móvil no es tan buena idea como les parece a ellos. Los pescadores de pulpos solo necesitan buscar manchas de tinta en el agua para encontrar a su próximo almuerzo.

Tras varias horas deambulando por la ciudad, Lucita se detuvo en el extremo de una plaza. Al otro lado, una mujer vestida con ropas árabes la esperaba, con dos espadas curvas desenvainadas, una en cada mano. Lucita y la mora se quedaron mirándose largo rato, en silencio. Era evidente que se conocían. Después de aquel mutuo reconocimiento, ambas inclinaron ligeramente la cabeza en un saludo solemne y, sin más preámbulos, se lanzaron una contra otra con una furia asesina como pocas veces he presenciado.

Llevo siglos recorriendo estas tierras. He visto guerreros extraordinarios. Mis compañeros Jaroslav y Florín están entre los luchadores más formidables que he conocido. Y, aun así, puedo afirmar sin dudarlo que cualquiera de estas dos mujeres habría podido merendárselos con una mano atada a la espalda.

Me resulta difícil describir lo que ocurrió a continuación sin recurrir a metáforas gastadas: el acero y la plata de las armas de la Assamita surcaban el aire como relámpagos, chocando contra las sombras de mil brazos que Lucita desplegaba a su alrededor, cambiando de forma con una velocidad que superaba lo que el ojo podía captar. Ambas aparecían y desaparecían, moviéndose con la fluidez del mercurio, repartiéndose golpes como panes en una coreografía letal digna de una película de Ang Lee. Las espadas vibraban, lanzando chispas con cada colisión; los ropajes aleteaban como espectros en los bordes de mi visión, y el polvo que levantaban sus pies envolvía la escena en un halo suspendido, fuera del tiempo, sobre el cual se proyectaba la corriente incesante de violencia que ambas manejaban con maestría sobrehumana. El gasto de sangre debió de ser de órdago. Y todo transcurría en un silencio sepulcral, sin que de la plaza escapara el más leve suspiro.

Sentí el impulso de ayudar a mi amiga, pero fui incapaz de moverme de mi escondrijo. Por un lado, comprendí que aquel combate era solo un nuevo capítulo de una historia muy antigua entre las dos. Me sentí sucia, como si estuviera espiando algo demasiado íntimo, algo que no me concernía.

Por otro, tampoco tenía la menor intención de que alguna de ellas me decapitara por accidente si intentaba intervenir.

Así que me quedé observando. Hasta que la situación se volvió realmente extraña.

Tras un largo intercambio sin vencedoras ni vencidas, el ritmo del combate empezó a decaer. Ambas tenían la ropa hecha jirones y sangraban por heridas que apenas lograban cerrarse. Se miraban fijamente, con los colmillos desenvainados, girando lentamente la una alrededor de la otra, exhaustas, desafiantes.

Y entonces volvieron a lanzarse una sobre la otra.

A comerse a besos. A arrancarse la ropa. A rodar sobre el empedrado, abrazándose y besándose como si no hubiera un mañana.

Ahora sí que la cosa se había puesto personal.

Y ahí terminé de sentirme verdaderamente incómoda. Tras echar un último vistazo —no sabía que el cuerpo de una mujer pudiera hacer eso con el de otra—, me marché por donde había venido. 

 

 
 
Noche 86836
 
Lucita ha llegado a casa bien peinada y bien vestida, con ropas distintas a las que llevaba ayer. Dice que le fue bien en la revisión con el otorrino. Aparte de eso, nada que reseñar.
 
Noche 86837
 
Otra noche rara. Salimos a cazar con Anatole. Las cacerías con él suelen ser extrañas, si bien es cierto que fáciles. Normalmente la gente se tropieza sola por la calle y se cae con el cuello estirado encima de los colmillos del Malkavian. Nosotras echamos un par de tragos de lo que sobra. Luego Lucita borra los recuerdos del rebaño y aquí paz y después gloria.
 
Aunque la caza de hoy ha tenido un incidente. Cerca de la vieja cantera de Óbuda tuvimos un encuentro con alguien a quien casi tenía olvidado: Octavio, el antiguo Malkavian vestido de legionario romano a quien muchos campesinos ignorantes siguen adorando como al dios del trueno Havnor. Ocavio se quedó mirando a Anatole. Anatole se quedó mirando a Octavio. Nosotras nos quedamos mirando a los dos. El aire es espesó como una crema catalana bien tostada. Una electricidad indescriptible nos puso a todas los vellos de punta. Sentimos una especie de crepitar en el espacio-tiempo y ambos Malkavian gritaron a la vez (uno en latín, el otro en francés): "¡Aún no es el momento!", y caímos inconscientes.
 
El resto de la noche ha sido raro. Anatole, como de costumbre, no recuerda nada. Lucita se ha pasado las últimas horas diciéndole a la gente que es el káiser Guillermo y yo, por mi parte, no he dejado de  maullarle a la Luna. Pero ya estoy mejor.
 
Miau.
 
Noche 86838
 

Se acaba el Foro de Davos. Lucita estaba invitada a la cena de gala en el palacio real y me pidió que la acompañara. Anatole se ha quedado en casa con jaqueca.

La cena de gala estaba llena de gente, la mayoría de la cual me cae francamente mal. Además del príncipe Rikard y su senescal Davos, había representantes de casi todos los clanes que conozco. La segunda reunión de vampiros más grande que he presenciado, solo superada por la Convención de Thorns. Estaban mis compañeros Bianka, Theodor y Aldrich, junto con varios vampiros menores cuyos nombres siempre olvido, quizá por la edad: el gañán de la boina, la arquera de las pecas, y demás fauna. También estaba Barabbas, moviéndose como pez en el agua entre lenguas sibilinas y mercaderes taimados.

Tampoco faltaban la princesa Esmerelda, que me ha invitado a una de sus insulsas “noches de chicas” cuando pase por Alba Iulia, y Jennífero “El Potras”, a quien los años le sientan sorprendentemente bien. De parte de Radu, como siempre, estaba su mensajero Tiberiu, sumido —como su señor— en la irrelevancia más absoluta. Está visto que la neutralidad no vende en estos tiempos modernos. Había muchos visitantes más, pero Lucita y yo preferimos centrarnos en hablar con los vampiros locales.

Es sorprendente lo que puede conseguirse con un poco de conversación.

Después de dos semanas recorriendo iglesias abandonadas, profanando huesos en cementerios de arrabal, mandando ghouls a hacer recados absurdos y vagando por calles vacías como almas en pena, a Lucita y a mí se nos ocurrió que quizá sería buena idea preguntar cosas a alguien.

Hay que reconocer que el mérito no fue del todo nuestro. Aldrich lleva semanas dándole a la lengua con entusiasmo, hasta conocer a todos los vampiros de la ciudad. En un momento de la cena se acercó a nosotras con una sonrisa, una copa de sangre en cada mano y el encanto desbordado. Venía de punta en blanco. Estaba guapo, el jodío. Nos dijo:

- ¡Mis señoras! ¿Qué tal han ido vuestras pesquisas estas noches? Siento no haber podido acompañaros, pero he estado muy ocupado forrándome de una forma obscena. ¿Habéis dado ya con el demonio Kupala? ¿No? Permitidme, por favor, que os presente a una persona muy interesante...

La persona interesante era una Nosferatu y era clavadita a una sardina en escabeche. Se llamaba Tícia. Lucita, con su habitual franqueza y conociendo bien a los Nosferatu, le dijo que no teníamos con qué pagar cualquier información que tuviera, pero gracias. Tícia respondió que no precisaba pago: le debía a Aldrich una Prestación por haberle echado una mano en una pifia de Elíseo unas noches atrás. Que preguntáramos lo que quisiéramos.

—Así que deseáis saber más acerca de los cultos de Kupala, ¿no es así?

—Queremos saber sobre el demonio Kupala en sí —
respondí.

—Sobre ese demonio no sé nada —
replicó Tícia—. Kupala es una figura mitológica húngara, una especie de diosa de las cosechas y la fertilidad que poco o nada tiene que ver con los asuntos de la Estirpe. Sin embargo, por algún motivo, cada cierto tiempo aparece un culto vampírico a Kupala, formado casi siempre por Malkavians, aunque en ocasiones reclutan a algún miembro de otro clan. La historia se repite de forma casi cíclica: surge un culto, casi siempre en alguna región rural, y empiezan a ocurrir las cosas esperables en estas sectas: desapariciones de niños, epidemias de ganado, cosechas que se marchitan... Antaño, los Tzimisce de los Cárpatos estaban muy atentos a estas aberraciones y las cortaban de raíz; por eso los cultos de Kupala solían perdurar más cuando alcanzaban ciudades grandes como Buda-Pest, donde la influencia Tzimisce era menor. Hoy, con los Tzimisce devorándose entre sí y haciendo el canelo, nadie controla estos cultos como antes.

—Aquí en Buda-Pest —
prosiguió— hemos tenido unas cuantas infestaciones de cultos de Kupala. Una de las más grandes ocurrió hace casi un siglo, antes de que me Abrazaran. Un grupo de Malkavians estableció una guarida bajo las viejas ruinas romanas de Aquincum y se dedicó a adorar a lo que su locura colectiva llamaba Kupala. Secuestraban mortales y los sometían a torturas mentales hasta quebrarles la cordura. Luego los abandonaban en el laberinto subterráneo a ver si lograban salir. Si no salían, se los comían. Si escapaban, también intentaban comérselos. Hubo algunos mortales que consiguieron huir; gracias a una de ellos se supo de la existencia del culto y pudo ser erradicado. El propio príncipe Rikard estuvo allí con sus Azotes para quemar y sellar aquellos pasadizos. Fue algo muy gordo.

—¿Y no ha vuelto a haber ningún culto de Kupala activo en la ciudad desde entonces?

—Oh, sí: ya os digo que aparecen como setas y desaparecen con rapidez. Nada tan serio como lo de Aquincum, desde luego. Hasta hace poco había un pequeño culto, pero no hizo falta intervenir: la propia Inquisición hizo el trabajo, quemando a todos salvo a una.

—¿Salvo a una? ¿Quedó una cultista viva?

—Sí, aún queda una. El príncipe no ha hecho nada con ella porque da más pena que otra cosa. De hecho, ha estado aquí esta misma noche, aunque ahora ya no la veo. Doña Desiderata se llama. Una perturbada. Es sabido que frecuentaba el círculo de adoradores de Kupala del que os hablaba. Le gustaba ir a las reuniones, quedarse desnuda y untarse mermelada de ciruela por los pechos flácidos. Pero, hasta donde sé, nunca hizo nada más grave: en eso se quedaba todo. El culto fue apagándose a medida que sus miembros iban muriendo; luego se desbandó y, al final, solo quedó Desiderata, sola, con un bote de mermelada a medio acabar. Me da una pena, la pobre…

Hoy ya es tarde. Mañana pienso tener unas palabritas con la tal señora Desiderata.

 
Noche 86839
 
Desiderata está muerta.
 
Durante el día su refugio ha sufrido un incendio repentino. Anatole se ha acercado a los restos aún humeantes de la casa y solo ha encontrado restos de tapetes de ganchillo chamuscados y la certera impresión psíquica de que la anciana ya no está en este mundo. Y algo más: la visión de un ghoul morisco incendiando la casa mediante una especie de pasta explosiva. Le he echado una mirada penetrante a Lucita, quien ha negado con la cabeza: "No, Fátima no trabaja a través de ghouls. Ella siempre se cobra sus piezas en persona y cuerpo a cuerpo". ¿Cómo sabe que sé quién es Fátima? ¿Sabe que vi lo que vi? Y, lo más importante, ¿realmente es posible adoptar esas posturas? Ugh.
 
Anatole está recogiendo sus cosas. Se le han acabado las ganas de permanecer en Buda-Pest. "Aquí está ya todo el pescado vendido", dice. Y también: "han ganado algún tiempo, pero no me apetece estar por aquí cuando se despierte". Y también: "cacafuti". Nadie ha dicho que sea fácil convivir con un Malkavian. Lucita se encoge de hombros, me da un beso (yo hago una cobra por si acaso le da por buscar mis morros), agarra su petate y se pierde en la noche siguiendo a su amigo.
 
¿Qué andarán haciendo estos? 
 
 
   

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