sábado, 10 de enero de 2026

De compras por Sighișoara

 

¿Cuál creéis que me queda mejor, esposo mío, este sombrero o este otro?


 

Anastasia no paraba de probarse modelos ante la divertida mirada del sombrerero y el gesto entre desconcertado y aburrido de Stephen. El siervo de Onufryi estaba claramente incómodo, pero eso incluso convenía a la charada que ambos estaban montando. Cuadraba con la imagen de un recién casado que se veía obligado a acompañar a su esposa a una jornada de compras por la ciudad que estaban vistiando en su viaje de novios. Stephen no era ni de lejos un buen actor, pero era inteligente y se adaptaba rápido a las nuevas situaciones. Anastasia no se engañaba con respecto a él ni con respecto a su dueño: ambos eran más de lo que aparentaban.

Tampoco es que Anastasia estuviera especialmente cómoda. El papel de rubia tonta no era su especialidad. Ella se movía mejor por otros registros, como el de matrona austera o el de cortesana refinada, pero había que adaptarse a las circunstancias y esto era lo que mejor convenía en el momento.

Además, necesitaba sombreros nuevos.

La verosimilitud era lo más importante. Nada más salir de la posada Der Offenparliche Sycherheytbruch ("La Flagrante Violación de Seguridad") había tomado el mando de la expedición –al fin y al cabo, la nobleza es un grado, y si no siempre quedan los recursos de la edad y de la Dominación– y convencido a Stephen de adoptar el papel de una pareja de recién casados visitando la ciudad de camino a las tierras de la familia de ella. Usando parte de los ahorros de Anastasia, guardados en su escote a tal efecto, habían buscado una posada discreta, ni muy lujosa ni muy inmunda, y se habían registrado en ella.

¿De verdad era necesario que me follaseis de esa forma, mi señora? –había preguntado Stephen, algo dolorido, poco antes de salir de su nueva habitación. 

Por supuesto –había respondido ella–. Así oleremos realmente a recién casados. Hacedme caso, que tengo experiencia.  

Las cosas que una se veía obligada a hacer por el bien de su amado Aldrich.

Después, se habían lanzado a visitar tiendas. En otras circunstancias, Anastasia habría procedido de una forma mucho más pausada. Como bien sabía después de trescientos años al servicio de un vampiro, infiltrarse en una ciudad nueva para conseguir información, sobre todo sobre el mundo oculto, era una tarea de muchas semanas, meses o años. 

Ella y Stephen tenían que hacerlo en un solo día. 

Pero Anastasia no estaba demasiado preocupada.  Si le habían dado tan poco tiempo, era sin duda porque Aldrich ya se había encargado de conseguir la información de inteligencia por otros medios. La confianza de Anastasia en su amo absoluto era inquebrantable. A estas alturas él y sus compañeros ya sabrían todo acerca de los vampiros de la ciudad, sus siervos y sus intrigas internas. Seguramente, hoy la había mandado fuera simplemente para confirmar algunos detalles. Y para comprar sombreros, si fuera posible.

De forma que se había metido en el papel de recién casada parlanchina y empezado a hacer preguntas inocentes a tenderas, clientas, mercaderes y artesanos del centro de Schäßburg, mientras Stephen la acompañaba, dando peso a su personaje. 

La verdad es que no esperaba encontrar nada en un día. Ya solo en enterarse de las direcciones y buscar la posada, comprar un pepino poco maduro, metérselo a Stephen en el recto, vestirse, salir y empezar las conversaciones, se había pasado más de media jornada. No esperaba encontrar nada tan pronto, y por eso se sorprendió tanto cuando dos de sus tretas dieron casi a la primera en la diana.  

La primera treta era un clásico del rol de rubia tonta: la mujer obsesionada por retener las atenciones de su esposo, que ve marchitarse su juventud de forma inexorable y que busca por todos los medios posibles encontrar cosméticos, elixires y consejos de vida saludable que le aporten firmeza y color a sus mejillas. Esta línea de engaño siempre daba muy buen pie para charlar con dependientas y mujeres vanidosas (y, a ser posible, envidiosas) y enterarse, con el tiempo, de la existencia de mujeres que tuvieran "un trato con el diablo" y se mantuvieran jóvenes más tiempo de lo razonable. El tiempo típico que necesitaba esta argucia, dependiendo del tamaño y del carácter de la población, era de unos pocos meses: el tiempo necesario para ser considerada una clienta habitual. En la época de la caza de brujas, nadie hablaba a la ligera de estas cosas, ni siquiera en forma de cotilleo.  Pero Schäßburg, por lo visto, tenía una atmósfera diferente al resto de ciudades en las que Anastasia había estado. Aquí era vox populi y vista de forma natural la gran longevidad y excelente salud de una de las familias más importantes de la ciudad, los Obertz, algunos de cuyos miembros llegaban e incluso superaban la edad de cien años. 

Irene Obertz, la hija del condestable, es una de mis clientas más exclusivas –contaba la dependienta de la tienda de ungüentos de la calle Rosamundstraße–. Viene a comprarme potingues todos los jueves por la mañana, aunque os juro que creo que no le hacen falta. ¡Tiene al menos cincuenta años y no parece que tenga más que veinte!

De donde Anastasia dedujo la existencia de una familia de ghouls, tal vez incluso de aparecidos, bien inserta en la clase media-alta de la ciudad.

El otro truco era incluso más burdo. Anastasia raramente lo usaba por ser chabacano y no estar exento de graves peligros, pero hoy un pálpito le había empujado a emplearlo. Consistía en lanzar trucos de Dominación al azar sobre ciertas personas clave con las que se encontraba: comerciantes relevantes, posaderos, incluso algún soldado o alguacil. Sacerdotes y monjas nunca, por si las moscas. Implantaba sugestiones inocuas, que no despertaran rechazo moral, por ejemplo "te pica mucho la nariz" o "crees que te has dejado las llaves en casa". Al no ser mesmerismos que atentaran contra las creencias o valores de las víctimas ni tuvieran consecuencias importantes, este tipo de órdenes no solían fallar... a menos que las mencionadas víctimas estuvieran ya precondicionadas para resistir la Dominación por influencias previas.

El número de blancos que se resistieron ese día fue sorprendentemente alto. De donde Anastasia dedujo que el grado de infiltración de los amos vampíricos de Schäßburg en los asuntos de la ciudad era grande y su dominio sobre los mortales, bien afianzado.

Pero bueno, seguro que todo eso Aldrich ya lo sabía de sobra. Todo está bajo control seguramente, se tranquilizó Anastasia.  Es imposible que nos hayamos metido en este avispero sin mirar antes, je je. 

– Creo que me llevaré los dos sombreros, querido. ¡Son tan divinos! 

 

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