sábado, 17 de enero de 2026

En la noche

Anastasia espera.

Mantiene como puede la imagen de compostura y serenidad que siempre intenta proyectar. Pero su interior arde de ansiedad e incertidumbre. Son las dos de la madrugada y su Aldrich no la ha convocado. Intenta tranquilizarse diciéndose a sí misma que si él estuviera muerto ella lo sabría en su interior, de alguna forma. Una conexión tan fuerte como la que existe entre esposos cristianos dejaría una huella en su interior si fuese cortada, se repite una y otra vez.

Pero cada vez está menos segura.

Para mantenerse ocupada, se pone a limpiar dentro de la habitación. Arroja a la calle los contenidos de la bacinilla de la habitación. Saca brillo y encera el pepino con el que piensa volver a sodomizar a Stephen en cuanto éste regrese. Estira las sábanas. Intenta bordar un poco. La verdad es que estas tareas, salvo la del bordado, no se le dan nada bien. No está acostumbrada a estar sin sirvientas alrededor.

Anastasia conoce bien sus límites. Tampoco se le dan bien las operaciones de seguimiento. Ese es el motivo por el cual ha mandado fuera a Stephen, quien tampoco es precisamente un ninja, pero al menos está algo más acostumbrado a callejear. Anastasia espera que el marinero no meta demasiado la pata ni llame demasiado la atención. Con que vuelva a la posada de una pieza, se dará con un canto en los dientes.

Un ruido en el pasillo. Anastasia se tensa. Aun sabiendo que si llega el momento de utilizarlo es que estará perdida, saca el cuchillo que siempre guarda junto a su corpiño. 

Alivio. Es Stephen. 

¡Mi señor! ¿Pudisteis seguir a alguno de los cazadores? –pregunta. 

Así es, mi dama –responde él.

¿Os han visto seguirles?

No, que yo sepa –dice Stephen, aunque se nota la incertidumbre en su voz.

Tendremos que trabajar con la duda. No nos queda otro remedio. ¿Adónde han ido?

– Al salir de la Flagrante Violación de la Seguridad se separaron en dos grupos, uno de unos cinco hombres y otro de tres. Seguí al más pequeño porque me pareció que tenía más posibilidades de seguirles sin ser descubierto. Uno de ellos se quedó en un pequeño monasterio en la parte meridional de la ciudad. Los otros dos estuvieron tomando cerveza y luego se despidieron, marchando cada uno en una dirección. Seguí al que me pareció más enclenque. Estuve tentado de asaltarle en un callejón.

Pero me hicisteis caso y no os precipitasteis, ¿verdad? 

Os hice caso. Le seguí hasta la puerta de un edificio, entró y se quedó allí dentro.

Bien. Tendré que pasarme a hacerle unas preguntas. Pero antes, id bajándoos los pantalones... 

Fundido en negro. 

Un rato después, mientras Stephen se recupera, Anastasia termina de vestirse, preparándose para salir a la noche. Stephen se une a ella, caminando con las piernas muy abiertas. Van a salir. Dejan la habitación.


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