domingo, 18 de enero de 2026

Kútanyó

Las aguas negras bloquean toda luz. 
 
Las aguas heladas cauterizan el tacto, ahogándolo en una bruma de agujas frías. 
 
Las aguas envuelven a Bianka. La sepultan. La aprisionan. Las aguas la acogen. 
 
Pasa un día. Bianka no necesita un reloj para medir el paso del Sol a través de los cielos. Como todas las de su Estirpe, lo siente en su Sangre. Bianka abre los ojos, sin ver nada. Hoy puede moverse un poco. Cada gesto es un triunfo arrancado al dolor. A su lado, en el fondo del pozo, nota un bulto tiritante. Aldrich, tan ciego como ella, tan indefenso. Más indefenso. 
 
Las aguas atrapan la luz, pero no el sonido. Bianka expande sus sentidos hacia arriba. Vibración, pasos, actividad. Peligro. Alguien en la superficie aún dirige una cacería. 

Bianka puede moverse, puede agitar los dedos, usar sus labios agrietados y rotos. Los antiguos versos surgen distorsionados por el peso de las ondas. En este pozo frío y olvidado, ¿quién podrá escucharlos? Mas incluso aquí los antiguos pactos mantienen su vigencia. Tímidamente, casi imperceptiblemente, empiezan a acudir: los pequeños lèleks del subsuelo, los vízi lidércek de las aguas estancadas y, finalmente, Kútanyó, la Madre del Pozo, el genius loci del lugar. Débil, olvidada, contaminada por la ciudad, pero aún con voz —tenue, sí— y con memoria. 

Bianka suplica a los lèleks un poco de luz y, sabiendo que los espíritus nunca dan nada a cambio de nada, les ofrece el sacrificio adecuado. El agua se tiñe de sangre y, tímidamente, con una fosforescencia pálida y azul, pequeñas motas empiezan a brillar: diminutos seres como lentejas agitándose en un temblor de cilios; algas calcáreas que emiten destellos lácteos al rozarse; insectos ciegos de caparazón translúcido que palpitan como farolillos ahogados; raíces sumergidas cubiertas de líquenes cantores que responden con vibraciones lentas, casi musicales. No es luz suficiente para ver con claridad, pero alivia la opresión de la noche absoluta. 

Kútanyó es débil y olvidada. Sus aguas están corrompidas y apenas conectadas con la red freática del río Mureș. Pero los pactos fueron escritos hace muchos siglos y hay que cumplirlos. La Madre del Pozo se atraganta de deliciosa sangre de Bianka antes de encontrar su voz, una voz que lleva eones sin hablar en lengua humana. Habla y piensa despacio. Bianka siente el peligro acercarse desde arriba cada vez más, pero no puede acelerar el ritmo de lo que es y siempre ha sido. 
 
Alimentados con su Sangre, Kútanyó y los vízi lidércek están encantados de hablar, a su ritmo pausado y glacial. Le cuentan a Bianka dónde está; le hablan del poderoso koldun que vive en la superficie: un maestro del arte extranjero que domina las krainas de los vientos y de la tierra, capaz de arrojar tempestades de hielo y relámpago sobre sus enemigos y de arrasar los campos de cultivo, volviéndolos estériles. Pero el Grifo no es dueño de las aguas. ¡Bendita sea Bendis, Señora antigua de los litorales del Mar Negro, guardiana de las mareas oscuras y de los pactos profundos! Hay esperanza.
 

 
Pasa un día. Bianka repliega su Sangre, avara, negándose a cerrar una herida que clama por ser sellada. Acepta la punzada persistente, guarda el don para más adelante. El peligro ya es inminente. Los lèleks han estado confundiendo a las ratas y a los perros que rastrean la boca del pozo, pero no podrán mantener alejados a su amo cuando venga a investigar en persona. Bianka y Aldrich necesitan salir de allí. Pero no hay salida por la que puedan caber sus cuerpos. Hay pequeñas grietas entre las rocas, sí; cavidades sumergidas que conectan unos pozos con otros y con los acuíferos que se unen al Mureș, y los lèleks pueden guiar a través de ellas, pero es imposible que un cuerpo humano se deslice por semejantes entrañas. 
 
Bianka entiende el precio antes de pronunciar palabra. Lo ha pagado otras veces. Para Aldrich, en cambio, será la primera. Y será un infierno. La Vicisitud despierta como una blasfemia viva. La Sangre fluye, ardiente incluso en el agua helada. Los huesos ceden con chasquidos sordos, como ramas verdes bajo el peso de la nieve. La carne se ablanda, se vuelve maleable, irreconocible. Bianka trabaja con precisión cruel, rompiendo, plegando, deshaciendo. Aldrich intenta gritar, pero el agua se traga sus alaridos; solo quedan espasmos, convulsiones mudas. Sus cuerpos dejan de ser cuerpos y se convierten en una pulpa obscena, alargada, serpenteante, una cosa que avanza a contracciones, como una lombriz despreciable que conoce el camino del barro. El viaje es interminable. Pasan por conductos donde el agua sabe a óxido y a hueso antiguo, por cámaras donde laten ecos de ahogados sin nombre. Los lèleks los guían con destellos nerviosos, y los vízi lidércek rozan la masa informe para evitar que se pierda en grietas sin retorno. Para Bianka el dolor es una letanía conocida, una ordalía que se soporta con dientes invisibles. Para Aldrich es la aniquilación de todo lo que creía ser: identidad, forma, orgullo, reducidos a un sufrimiento sin lenguaje. 
 
Al fin, el agua se abre, se ensancha, se acelera. El río los recibe como una expulsión. Descienden millas corriente abajo, arrastrados entre lodos y ramas, hasta que Bianka, exhausta, gasta el último hilo de Sangre en recordarles cómo eran. Los cuerpos se reconstruyen torpemente: huesos que no encajan del todo, piel marcada por cicatrices nuevas y viejas. Emergen desnudos, heridos, temblorosos, cerca de un pequeño molino habitado, donde la rueda canta sin saber a quién da la bienvenida. Exhausta y vacía junto al río Mureș, cuya voz se va desvaneciendo en la noche, Bianka se dirige a Aldrich, en un estado tan lastimoso como el suyo, y dice: 
He cumplido con mi parte. Ahora dependemos de lo que vos podáis hacer.

Tambaleándose, Aldrich se dirige al viejo molino.

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