domingo, 30 de septiembre de 2018

Confrontación

Se encontraron en mitad de la Plaza del Mercado, entre el gentío, sin pretenderlo. Fue quizás por casualidad, o tal vez estuviera escrito desde hacía mucho tiempo que habían de tropezar el uno con el otro, allí en una ciudad extranjera, entre desconocidos que no hablaban ninguna lengua reconocible, bajo una luna casi llena, los dos solos entre la multitud. 

Fue ella quien primero le divisó a él, destacando entre los comerciantes por su pelo rubio y sus ropas ostentosas, caminando confiado, sonriendo, sin miedo a los rateros del bazar. De inmediato, sin previo aviso, la Bestia se revolvió en sus entrañas. Él siempre le causaba esa reacción. Un torrente de emociones violentas y aún sin nombre le abrasaron la boca del estómago, y casi sin pensar en ello Dana echó mano al arco y al carcaj. Se imaginó a sí misma atravesando con su flecha esa cabecita rubia y desparramando esos sesos taimados y manipuladores por el suelo, y esa imagen en su cerebro le produjo placer.

Fue entonces cuando él, tal vez sintiendo el peso de la mirada de la otra en su nuca, se volvió y la vio. Su primer impulso tras la sorpresa, y tal vez el más correcto, fue escapar de allí, pero también su Bestia parecía tener sus propios objetivos. Sujetando sus pies, amenazando con hacer explotar su pecho, le hizo efrentarse a ella. En su imaginación se vio a sí mismo destripándola con su espada. Aldrich sonrió.

De repente el mercado y sus gentes dejaron de tener realidad para ellos. Sin apartar los ojos el uno del otro, se acercaron lentamente, en línea recta, hasta que sus rostros se encontraron a unos pocos centímetros de distancia.
Milady –dijo él. 
Milord –dijo ella.
La formalidad de sus palabras apenas lograba ocultar el volcán de emociones que sacudía a ambos Cainitas. Era la primera vez que se encontraban a solas desde aquella aciaga noche en el castillo del Conde Radu. Sin importarle quién la viera, ella le mostró sus colmillos. Él respondió de la misma manera.
Tenemos un asunto pendiente –siseó Dana.   

Aquí no –dijo Aldrich, tomando conciencia de dónde se encontraban–. Venid. Conozco un lugar discreto desde mi última visita a Sofía. Allí nadie nos interrumpirá
Ambos enfundaron los colmillos, intentando aparentar que allí no ocurriera nada, mas la tensión entre ellos discurría como una corriente eléctrica. Durante el camino, que fue breve, se permitieron el lujo de mantener el barniz de una conversación banal y civilizada.
He oído que os casasteis –preguntó Aldrich–. Espero que vuestro hombre os esté haciendo muy feliz.

Felicísima –dijo ella, irritada–. Y yo he oído que habéis engendrado un hijo con vuestra esposa. ¿A quién pretendéis engañar con semejante charada? ¿Me tomáis por tonta?

A vos no, desde luego. Pero a los campesinos de mis tierras sí.

Querréis decir "nuestras" tierras.

Nuestras tierras. Bueno, las del Conde.

Radu.
Y ambos callaron. 

Pasados unos minutos, llegaron a su destino: una sólida casa de madera, sin cartel ni rasgo identificativo particular.
No lo parece, pero en realidad esto es una especie de posada –dijo Aldrich–. La familia que aquí habita acoje a viajeros, eh, especiales como vos y como yo. Son discretos y eficientes. Aquí podremos resolver nuestro asunto sin que nadie nos moleste.
Dana asintió y, haciéndole a Aldrich un gesto de espera, emitió un potente silbido. A los pocos minutos, apareció a la carrera un perro enorme.
– Sauron I, vigila esta puerta. No dejes que entre nadie bajo ningún concepto.
Y dicho esto, entró en la posada, sin mirar atrás, convencida de que sólo uno de los dos saldría con vida de entre esas cuatro paredes. 

No se andaron con rodeos. En cuanto se quedaron a solas en la habitación, fue ella quien hizo el primer ataque, empujándole con fuerza insospechada contra la pared. Él reaccionó con igual virulencia, agarrándola del cuello y aprentando con una intensidad que habría roto las vértebras de una mujer mortal. Ella se retorció, moldeando su propia carne para hacerse flexible y escurrirse entre sus dedos, echándose a un lado mientras él intentaba sujetarla. Cayendo al suelo, ambos rodaron, luchando denodadamente por obtener cada uno la ventaja de colocarse en la posición superior, aproximadamente igualados en furia y fuerza, gruñendo como animales. Ella se lo quitó de encima con una patada. Él, sin pararse ni a tomar aire, volvió a cargar contra ella, tumbándola de nuevo, abriendo la boca con los colmillos en plena extensión, ella haciendo lo mismo, forcejando, dando puñetazos en el pecho de él, hasta que sus mordiscos se unieron en uno solo y, arrancándose salvajemente la ropa el uno al otro, quemando Sangre como si no hubiera un mañana, los dos se fundieron en una sola unidad de carne trémula y encendida, y el sonido de los golpes y los gruñidos se hizo indistinguible del de los jadeos y gemidos. Dos noches estuvieron copulando, sin parar más que al caer inconscientes con la llegada del día, ajenos a todo y a todos excepto a la bestial pasión de los cuerpos, hasta que, en la tercera noche, con las espaldas y las nalgas de ambos cubiertos de marcas agravadas de uñas y mordiscos, fueron interrumpidos por el fiel y buen Rasputín. De repente ambos experimentaron una enorme sensación de vergüenza.
Cómo me alegra saber que sois una mujer felizmente casada y que esto no ha significado nada para ninguno de los dos. Nada, ¿verdad? –dijo Aldrich.

¿Esto, qué? ¿Qué ha pasado? –respondió Dana–. Aquí no ha ocurrido nada. Y si hubiese ocurrido algo, nadie debería enterarse de ello. ¿Me entendéis? Nadie.

Por supuesto, estas dos últimas noches no se han producido jamás.

Y no se repetirán.

Nunca.

Jamás.

– ¿Qué planes tenéis para el próximo invierno?



No hay comentarios:

Publicar un comentario