domingo, 24 de octubre de 2021

Queridísima Melania (II)

Queridísima Melania:

He de admitir que tu último mensaje me sentó un poco reguleras. Estoy de acuerdo en que mi Svatopluco es un cafre y un ceporro, pero es mi ceporro: nadie debería insultarle salvo yo, que soy su esposa y me toca padecerle todas las noches. Por un lado el honor me demandaba que respondiera a tus ofensas retándote a un Certámen y utilizado en él mis conjuros para arrancar de tus huesos tus carnes fofas y tocinosas, pero por otro lado eres mi mejor amiga en este mundo. Me encontraba mohína y dubitativa, dudando entre si hacerme un espeto contigo o lanzar pelillos a la mar y dejarlo correr, cuando la última trastada del propio Svatupluco vino a sacarme de dudas.

Hija mía, tienes toda la razón: mi marido es un memo de tomo y lomo, se mire por donde se mire. Luchar por defender su honor es una soberana pérdida de tiempo.

Como bien señalabas en tu última carta, andamos todas un poco saturadas de trabajo. El principio de alianza entre Ceoris y los Ventrue alemanes nos está obligando a extendernos como mantequilla fundida sobre una tostada demasiado grande. En mi Capilla, como imagino que ocurra con la tuya, andamos escasísimas de mano de obra y nos vemos obligadas a hacer horas extra para sacar a tanto Príncipe Ventrue de tantísimo lío estupidísimo en que se meten. Ya se lo digo yo siempre a todas: "deberíais probar a llamar un poco menos la atención, Alteza", pero pedirle a una Ventrue que desconecte un rato la Majestad y deje de freírles los sesos a sus súbditos a base de Dominación es como pedirle a una urraca histérica que deje de birlar cachivaches relucientes. Batalla perdida, te lo digo yo.

El caso es que andábamos todas tan ocupadas en la Capilla que al final tuvimos que asignarle una misión a Svatopluco. El pobre: con lo que le gusta meterse en viajes estúpidos, y lo mal que se le dan los trabajos de campo. Le mandamos al sitio más tranquilo y donde menos podía estorbar que se nos ocurrió. Durante los primeros meses la cosa pareció ir bien. Svatopluco estaba encantado con su nueva Princesa –junto a la cual parecía hasta inteligente, imagínate cómo debe ser ella– y se sentía feliz de haber  encontrado por fin un lugar donde su magia burocrática  –buromancia la llama él– fuera de cierta utilidad. 

Sé lo que estás pensando, amiga Melania, al oír hablar de la buromancia de Svatopluco: ¡qué bajos han caído algunos Tremere! Yo misma me avergüenzo cada vez que en una conversación en sociedad mi marido se pone a explicar su último Ritual de Nivel Tres para auditar partidas de gastos en material no inventariable. Pero he de decir una cosa a su favor: puede que esta Senda no sirva para calcinar a un enemigo en el campo de batalla, pero también es verdad que verte atrapada en un proceso de reclamación frente a la Administración Pública es lo más cercano al infierno que existe en este mundo. Sobre todo cuando tus expedientes no paran de perderse, a pesar de que los hayas tenido que enviar por triplicado. 

Como te decía, Svatopluco estaba feliz en su nuevo puesto de trabajo. Y yo también: sin mi marido redactando informes de calidad, la productividad de mi Capilla se incrementó en un 300%. Pero lo bueno nunca dura. Como era de esperar, Svatopluco petó al primer indicio de dificultad. Una miserable célula anarquista bastó para que se desbaratase todo un principado,  murieran como tres docenas de soldados y, lo que es peor, se echaran a perder numerosas obras de arte, incluyendo –sufro al pensarlo– un par de espléndidos tapices de Pladur. Y mi marido, que parece que en lugar de Vitae tiene horchata en las venas, no sólo no se se quedó a plantar cara a los invasores, sino que en su huida a través del espejo hacia nuestra Capilla se trajo consigo a la Princesa depuesta.

¡Qué decir de esa mujer! La vergüenza de nuestro sexo. Nada más llegar al Novum Forum Siculorum, se bajó del teletransportador, saludó diciendo "holi" y preguntó con todo el morro si necesitábamos una nueva Princesa Todopoderosa. Ganas me dieron de convertirla en macaco. Pero me contuve y, haciendo honor al trato con los Ventrue, la metí en un carruaje y se la envié a Hardestadt –el nuevo, claro está– sana y salva. Que él se encargue de esa petarda, si la quiere para algo. Yo ya tengo bastante con lo mío.

Tengo que dejarte. Svatopluco está tratando de decidir si ordenarme los compuestos del laboratorio de alquimia por orden alfabético o por frecuencia de uso, y me da miedo que provoque un incendio o algo. ¡Qué cruz, hija mía, qué cruz!

Muchos besos de tu amiga,


Vycènta bani Tremere, Adepta del Tercer Círculo

 Arbitrium Vincit Omnia

 


 
PD: Ya me he encargado de esa cosa que me pedías. Objetivo a salvo.

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